CULTURA  

Apuntes sobre sobre el gran sanitarista argentino

CARRILLO SIEMPRE VUELVE

Cada tanto el Dr. Ramón Santiago Carrillo regresa al debate, para evocarlo o para denostarlo. Para reconocerlo como el médico que logró cambiar el rumbo de la salud en nuestro país o para atacarlo por su visión de la salud pública o peor aún para reinventar –en el tenebroso tiempo de la “fake news”- su historia para presentarlo como simpatizante del nazismo, como ha sucedido muy recientemente. En este mundo tan vertiginoso que vivimos, quizás su figura haya entrado –especialmente para las nuevas generaciones vinculadas a la salud- en las sombras del olvido. Sin embargo, por sus ideas y por su acción, siempre vuelve, para renacer en la memoria histórica. ETHICA DIGITAL lo recuerda en honor a la verdad. ¿Quién era Ramón Santiago Carrillo?

¿Qué hizo Carrillo?
El médico sanitarista Efraín Venzaquen, en una entrevista realizada en 2014 por Víctor Ramos y reproducido por el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico, señalaba que “La historia de Ramón Carrillo es la de un héroe y un mártir” y consideraba  que “hay un antes y un después en la historia de la salud pública argentina”, cuando en 1946 es nombrado  como secretario de Salud en 1946 y años después cuando se elevó esa estructura a rango de ministerio, fue  designado como ministro en 1949”.
En su discurso de asunción, Carrillo expresa que “La medicina curativa de clases no pudientes, en virtud de ese régimen individualista tradicional, se fundó principalmente en el principio de la caridad cristiana, base sentimental que resulta ya anacrónica, socialmente insuficiente y moralmente diminutiva de la moralidad humana”.
Para Venzaquen, Ramón Carrillo fue a la salud pública lo que Sarmiento fue a la educación. “Nació en Añatuya, Santiago del Estero, el 7 de marzo de 1906, y fue compañero de Homero Manzi en la escuela primaria. Eso los vinculó más tarde con el grupo de FORJA, que gestó la expresión más alta del pensamiento nacional desde 1935 hasta la asunción del peronismo al cual se sumaron. Llegó a Buenos Aires en 1924 con sólo 17 años, a los 36 años ya era profesor titular de la Facultad de Medicina, de la que sería decano muy brevemente, luego se convirtió en el mejor ministro de Salud de la historia argentina y por último murió perseguido, difamado y abandonado en un lejano paraje de Brasil acosado por terribles dolores físicos y del alma. Fue el más alto defensor de la creación de un sistema público de salud, que aún hoy no tenemos. Durante su gestión (1946-1954) creó más de 240 nuevos centros asistenciales, duplicando el número de camas hospitalarias y llevando la asistencia a los lugares donde antes no existía”. 
Pero, lo que subraya su colega, es que  “por sobre todas las cosas intentó planificar las políticas de salud ordenando los recursos y convenciendo a otros actores para que participen en cuanto les corresponda. Así fue que junto al máximo especialista en paludismo, el Dr. Juan Carlos Alvarado, lograron eliminar este mal del territorio argentino. Ante la falta de apoyo de los médicos tradicionales para su estrategia, Carrillo salía a fumigar en un Jeep. Es importante destacar que tantas innovaciones le valieron hacerse de muchos enemigos poderosos”. 
Su frase más famosa lo dice todo: “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, a la angustia y al infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”. 


La mirada de un historiador
El reconocido historiador Felipe Pigna le atribuye a Carrillo, ser “el padre del sanitarismo en la Argentina, que llevó a cabo una transformación sin precedentes en la salud pública de nuestro país desde una concepción social de la medicina. Creía que ésta debía orientarse «no hacia los factores directos de la enfermedad –los gérmenes microbianos– sino hacia los indirectos”. “La mala vivienda, la alimentación inadecuada y los salarios bajos –sostenía– tienen tanta o más trascendencia en el estado sanitario de un pueblo, que la constelación más virulenta de agentes biológicos”.
El historiador reseña que durante los ocho años de gestión, primero en la Secretaría, luego en el Ministerio, en combinación con la Fundación Eva Perón, realizó una tarea titánica. Entre 1946 y 1951 se construyeron 21 hospitales con una capacidad de 22.000 camas. La fundación construyó policlínicos en Avellaneda, Lanús, San Martín, Ezeiza, Catamarca, Salta, Mendoza, Jujuy, Santiago del Estero, San Juan, Corrientes, Entre Ríos y Rosario. Se estableció la gratuidad de la atención de los pacientes, los estudios, los tratamientos y la provisión de medicamentos. Un novedoso tren sanitario recorría el país durante cuatro meses al año, haciendo análisis clínicos y radiografías y ofreciendo asistencia médica y odontológica hasta en los lugares más remotos del país, a muchos de los cuales nunca había llegado un médico.
Pero, además, reseña Pigna, “se lanzaron planes masivos de educación sanitaria y campañas intensivas de vacunación, con lo que en pocos años se logró la erradicación del paludismo, la eliminación de las epidemias de tifus y brucelosis, se logró combatir casi por completo la sífilis y disminuir la incidencia de la enfermedad de Chagas.  Además, el índice de mortalidad por tuberculosis se redujo en un 75 por ciento y la mortalidad infantil descendió a la mitad. Se crearon más de 200 centros de atención sanitaria en todo el país y más de medio centenar de institutos de especialización”.
“Carrillo impulsó la creación de EMESTA, primera fábrica nacional de medicamentos, ideada para el abastecimiento de remedios a bajo precio. También apoyó a laboratorios nacionales, a través de incentivos económicos, procurando que la población tuviera acceso a los remedios”.
Para Pigna, los avances tecnológicos y científicos en medio de una sucesión de guerras lo llevaron a profundas reflexiones. “El hombre de hoy –decía– ha hecho sus esclavos a la electricidad y a la fuerza nuclear y será pronto el empresario de las fuerzas del mar y del sol. Estamos frente a un poder catastrófico que puede ser peligroso para el hombre mismo. La civilización vuela en aviones y cohetes, mientras que la cultura recorre todavía a pie los caminos del mundo. El hombre actual ha perdido la buena costumbre de la reflexión y la meditación. Llegará a la luna antes de haber extirpado de sí mismo algunos resabios bárbaros que lo empujan a la guerra y a la destrucción. A la destrucción de su propia obra. ¡Tremenda y trágica paradoja!” 


El acto médico como una ciencia social
Hablábamos de los regresos de Carillo. Este tiempo de pandemia que pone en cuestionamiento todo, especialmente nuestros sistemas de salud, significa uno de los retornos del gran sanitarista. Según los editores de la Revista La Biblioteca, aparecida en los primeros días de junio, precisamente en este contexto, afirma que Carrillo “merece una consideración especial. Este médico neurólogo, llevado al campo del sanitarismo en los años cuarenta del siglo pasado, debe ser considerado un ejemplo, en la historia de la medicina argentina, de uno de los intentos más avanzados de pensar el acto médico como una ciencia social o una ciencia del hombre. O también —y acaso mejor— como una acción social racional con arreglo a fines. 
En ese prólogo de los editores –donde el editor invitado es el pensador Horacio González, rescatan el “positivismo argentino” que a fines de del siglo 19 y comienzos del 20, propugnaban que “una ciencia general médica que se hiciera cargo, en medio de una aventura intelectual de grandes alcances, de las ideas específicas de gobierno. Hoy llamaríamos a estas nociones proyectos biopolíticos para abrir una reflexión sobre la línea que separa lo normal o lo patológico, desde ecuaciones institucionales que harían de la decisión política un símil del control de las patologías y, por consiguiente, de la promoción de la sanidad poblacional”. 
El editorial de La Biblioteca recuerda que se le debe a Carrillo un libro fundamental en la historia de la medicina argentina, Teoría del Hospital, un trabajo casi desconocido por las generaciones de médicos de la actualidad. Se trata de un texto que acaso contenga la mayor cantidad de desafíos para pensar la relación entre las ciencias médicas y una sociedad regida por criterios humanísticos.
“En verdad, lo que Carrillo desarrolló fue un tratado utópico, del tipo de los falansterios del utopismo francés, para pensar la medicina sanitarista, y concibió una gran hipótesis de vida feliz en comunidad. Y vio en los hospitales —los numerosos que se construyeron durante su gestión al frente del primer Ministerio de Salud que hubo en el país— la posible plasmación de esa utopía”. 
“Esos mismos hospitales se abandonaron luego del año 1955, dejándolos —como nefasto símbolo— para la habitabilidad más penosa, librados a los sin techo que se alojaron en esas ruinas sin servicios sanitarios. Ahora, en estos tiempos epidémicos, Ramón Carrillo es atacado sin fundamentos por ciertos sectores de opinión que piensan la vida, la ciencia y la política con una alarmante ceguera”. 
La medicina sanitaria de Carrillo tiene, en efecto, un sesgo organicista, al ver la sociedad justa y armoniosa —a la manera de Fourier— como la proyección imaginaria de la salud de los habitantes, sometidos a una medicina social efectivamente operante. Pero su ideal máximo era la creación de una lógica de felicidad pública, más tomada de la Revolución Francesa que de los gobiernos autoritarios —acusación, esta última, que no vale la pena comentar por provenir de minúsculas maniobras teñidas de sectarismo e ignorancia—“. 
Carrillo dejó en sus prácticas y escritos una teoría del hombre social entendido como un hombre pleno, auxiliado por las tecnologías hospitalarias. Y ahí llegó muy lejos. Por ejemplo, no se le escapó el tema informático, que estaba en ciernes en todo el mundo industrializado desde los años cincuenta, y estuvo en el umbral conceptual de la tomografía computada, a la que se llegaría poco después en el mundo. 
Carrillo ya tenía en sus proyectos todos estos temas. La discusión real que impone el nombre de Carrillo, fallecido en la ciudad brasileña de Belén a los cincuenta años —trabajando en el anonimato en hospitales hasta que alguien descubrió la eminencia de su saber médico y filosófico—, es de otra índole. Hoy es habitual usar el concepto de biopolítica en términos críticos, como un recurso para el control social. Carrillo no lo usó de ese modo, pero tampoco había en el mundo nadie que lo usara de manera crítica. E incluso cuando eso sucede hoy, no se deja de suponer que, si la sociedad pretendiera reformularse respecto a las injusticias a las que es sometida, esto no podría ocurrir sin la presencia de una política hospitalaria democrática y de amplios alcances para la salud de la población. 

El CMPC y Carrillo
El recuerdo del Dr. Carrillo ha estado presente a la largo de la historia del Consejo de Médicos, a través de la Revista ETHICA y en declaraciones públicas resaltando su visión humanista y social de la medicina.
En 2011, el entonces presidente de la institución Dr. Mario Daniel Fernández, ya fallecido, escribió un artículo para recordarlo en el diario La Voz, que fue reproducido en el Núm. 82 de la publicación institucional.
Fernández iniciaba su texto con una afirmación, que lamentablemente llega hasta nuestros días: “En nuestro país se habla desde hace décadas de la crisis de la salud. Y, tal aseveración es real. Tan real que han reaparecido las enfermedades de la pobreza. Tan real que los hospitales públicos no dan abasto para dar respuesta oportuna a la demanda médica. Tan real, como la insatisfacción de los afiliados a las obras sociales, donde los criterios economicistas suplen a los médicos. Tan real, como la impotencia de los médicos ante los sistemas que afectan la dignidad profesional”.
Añadía que “En la mayoría de los casos, tanto los discursos oficiales basados en las promesas, como el discurso opositor sustentado en el reclamo, se suceden repitiéndose, sin que logremos superar esa crisis de larga data. De esta manera la excepcionalidad que importa una situación de crisis, se convirtió en una normalidad dramática para el caso argentino”.                 
El titular del CMPC entonces se preguntaba: “En momentos de encrucijada nada resulta más aleccionador que reflexionar, que mirar hacia atrás, no para un retorno imposible al pasado, sino como acicate, como necesario aprendizaje para encarar el presente e insinuar el futuro. ¿Por qué la salud está en crisis permanente? ¿Es realmente posible una alternativa de salud distinta? ¿Por qué fracasan las políticas que se impulsan, incluso muchas de ellas planteadas con buena intención? ¿Alguna vez se dio una política de salud más equitativa, más justa, más abarcadora que la actual?”
Y se respondía: “Salvo los mezquinos de espíritu, más allá de cualquier cosmovisión política o ideológica, nadie puede negar a la luz de la historia, que el período que va de 1946 a 1954, marca un hito fundamental en la salud pública argentina”. 
“Sin embargo, agrega, en aquella Argentina devastada por las políticas de la década infame, en medio de esa realidad adversa, se logra no obstante asumir la crisis y actuar con inteligencia y convicción. Así se consiguen erradicar enfermedades  como el paludismo, el tifus,  el cólera, que causaban estragos en la población. Se pone en marcha una política de salud, con base en la prevención, desde donde se impulsan la realización de campañas masivas de vacunación, se amplía significativamente la red hospitalaria del sector público, se introducen los conceptos de atención primaria y se consolida la figura de los médicos clínicos, como expresión de una medicina centrada en la idea integral del hombre y en el concepto de bien social de la salud”. Necesariamente, vuelve Carrillo.
Y se vuelve a preguntar: “¿Cuáles eran los fundamentos donde se asentaban aquellas políticas sociales exitosas? La respuesta implica el reconocimiento al pensamiento de uno de los principales protagonistas de su aplicación. Me refiero, sin duda, a ese gran médico que fue Ramón Carrillo, ministro de Salud entre 1946 y 1954”, cuyas ideas tenían la fuerza de un cambio profundo.
Recuerda Fernández que Carrillo, mirando hacia atrás, solía decir que se hablaba a menudo de “construir hospitales para curar enfermos y que él pensaba que el desafío era concretar una política que tuviera como objetivo lograr “que no haya enfermos”.
“Lograr ese objetivo significaba que no podía haber una mirada exclusivamente sanitaria, divorciada de la realidad económica, social y cultural de la sociedad, sino que implicaba participar de un proyecto de desarrollo basado en la justicia social, en la inclusión de los postergados, en el fácil acceso a la atención médica, en la vivienda digna, en la vida sana, en la igualdad de oportunidades, en el mejoramiento de las condiciones de vida. Y eso era posible sólo si se entendía a la salud como un derecho ciudadano y al Estado como el responsable de asegurarlo. Carrillo planteaba con lucidez “que no podía haber una política sanitaria si no había como marco conceptual un proyecto de política social. Y, a su vez, que “no hay una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría”.
En un texto quizás muy poco conocido, que Fernández rescata, por su profunda claridad, Carrillo explica: “El hombre está rodeado por un círculo, el microcosmos, al que corresponde la medicina asistencial; a su vez, en otro círculo, que es el ambiente físico inmediato, el mesocosmos, al que corresponde la medicina sanitaria, y, todo encerrado o involucrado en un círculo concéntrico más amplio, que es el ámbito social al que atañen  los factores indirectos de las enfermedades, que corresponden a la medicina social. (...) La medicina sanitaria tiene como objetivo el tratamiento del ámbito biofísico, es decir los factores directos de las enfermedades y también los indirectos, como la ignorancia, la alimentación insuficiente o deficiente, la vivienda, el trabajo en condiciones inadecuadas o insalubres (...). La medicina sanitaria es defensiva y profiláctica; en cambio la medicina social es, naturalmente, por esencia, de carácter preventivo (...). Pero hay una forma más avanzada, más nueva aún, que constituiría un cuarto círculo concéntrico y que está relacionada con la pedagogía, que tiene por objeto perfeccionar la salud, que es activa, dinámica (...). Esta es la medicina del porvenir porque tiene el más profundo e integral sentido humano”.
Concluía Fernández, “hace falta prestar más atención a los consejos de Carrillo (…). Para asegurar la igualdad en el acceso a las prestaciones, la equidad en la asignación de recursos y la difusión y promoción del autocuidado de la persona, se debe resolver la contradicción entre la concepción de salud como un bien social y la concepción de salud como un producto de mercado, entre la prevalencia de los criterios médicos o la prevalencia de los intereses económicos, entre los intereses sociales o la subsistencia de los sistemas parasitarios de gerenciamiento”.

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