CULTURA  

Un médico cordobés propuesto para Nobel en Medicina en un contexto de pandemia

DE LÍDER REFORMISTA EN 1918
A CIENTÍFICO DESTACADO

Una historia  rescatada por Diego Tatián, ex decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba, autor de numerosos libros de investigación y reflexión filosófica, es además un buscador incansable, un  caminante curioso, que como dice Marcela Rosales, autora del prólogo  de su último libro, se interna sin miedo, aunque no sin esperanza, por pasadizos que conducen hacia otra ciudad desconocida, olvidada e invisibilizada bajo el fragor – y el silencio- de las multitudes presentes que habitan la superficie de la “Docta”. Con el título de “Las vidas ajenas”, uno de sus felices hallazgos, nos rescata la vida del médico Enrique Fausto Barros, líder de la Reforma Universitaria de 1918, víctima del odio de los sectores conservadores que atentaron contra su vida, dejándolo al borde la muerte. Tiempo después, a partir de investigaciones sobre la psitacosis, llega a ser propuesto para el Premio Nobel en Medicina. Es el texto que hoy ofrecemos a nuestros lectores.
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En 1929 Córdoba fue el origen de una pandemia. Al comienzo afectó de manera extraña a vecinos de la ciudad y, desconcertado, el colegio médico consideró que solo se trataba de una “gripe”. Contra esa opinión, en  soledad, denostado por sus colegas, el doctor Enrique Fausto Barros afirmaba en un artículo de la Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, fechado el 13 de septiembre de 1929 que “Córdoba había sido azotada por una ola rara” transmitida por “papagayos” y llamada psitacosis. Cita allí estudios científicos donde se describen las manifestaciones físicas en los papagayos que portan el mal: “permanecen acurrucados, se les erizan las plumas, tienen las alas caídas, los ojos entrecerrados, rehúsan el alimento y son presa de somnolencia. La muerte sobreviene en tres o cuatro días…”.
Cuando los humanos contraen la psitacosis, en tanto, presentan “síntomas nerviosos”, el enfermo queda “postrado y es presa de un subdelirio que puede tomar un  carácter más violento con agitación”. No siempre se manifiesta con la misma intensidad. La primera epidemia constatada se produjo en París en 1892, con aves provenientes de Argentina. Luego se registraron casos en Florencia, New Hampshire, Londres…
La epidemia desatada en Córdoba –que en poco tiempo se extiende por el mundo hasta volverse pandemia – tuvo origen en una feria de aves montada al este de la ciudad: “Hace más de dos meses llegan a Córdoba vendedores de pájaros que se instalan –sin control sanitario- en un local numerado 41 de la avenida 24 de septiembre. Los animales se encuentran hacinados, sufriendo de frío, y a poco andar fallecen en cantidades enormes, ya en el propio local, ya en el los compradores”. En pocos días se constatan decenas de personas enfermas, que habían tenido alguna relación con los animales (sea por haberlos adquiridos; sea solo por haberlos observados en la feria): “cerca de sesenta casos, más que en la gran epidemia de París”.
El doctor Barros dice haber atendido a muchos de esos vecinos: un rudo,   una austríaca, dos chilenos, un checoeslovaco, varios cordobeses… El texto concluía:
   
¿No es un fenómeno singular siquiera el enorme tributo pagado por los médicos a la epidemia actual?... ¿No es  también un fenómeno singular la mayor frecuencia aparente de los casos entre la  gente acomodada que entre los proletarios? Pues éstos, señores, tienen problemas más inmediatos que la compra de aves de lujo.

El mal se extendió en poco tiempo a otras provincias argentinas y luego, por mar, a casi a todos los países europeos, América Central, Norteamérica, Asia, África y Oceanía. El mundo entero fue objeto de la transmisión del virus producido por un morbo aviario que tuvo origen en la calle 24 de septiembre de Córdoba. La crónica agrega que sus estudios sobre la psitacosis le valieron a Enrique Barros haber sido propuesto para el Premio Nobel de Medicina.
Puede parecer extraño centrar el relato de uno de los máximos protagonistas de la Reforma Universitaria de 1918 en la historia de esta antigua epidemia, pero se trata tal vez de uno de los avatares más conspicuos de la cultura reformista, de la que fue ideólogo y activista principal. Enrique Barros, en efecto, había sido Presidente del Centro de Estudiantes de Medicina cuando se produjeron las revueltas estudiantiles de junio y septiembre de 1918 por la que Córdoba llegó a ser conocida en todo el mundo. No bien concluida la contienda, hacia fines de 1918, dos estudiantes católicos partidarios del depuesto Rector Antonio Nores atacaron a Barros en el Hospital de Clínicas con una barra de hierro, ocasionándole heridas en la cabeza que lo pusieron al borde de la muerte. Debió someterse a dieciséis operaciones sin ya nunca recuperar completamente su movilidad.
Tras el atentado pasó su convalecencia en la casa de su amigo Adolf Döring – uno de los científicos que habían llegado a Córdoba por obra de Sarmiento- en Capilla del Monte, donde era visitante asiduo junto a otros reformistas (según Gregorio Bermann, el viejo Döring se refería a Barros como “mi querido bolcheviqui”). Quizás haya sido allí donde despertó su interés  por la ciencia alemana.
Luego de concluir sus estudios en la UNC, completó su formación científica en la Universidad de Frigurgo, donde permaneció desde 1920 a 1924. No era un lugar cualquiera ni un momento cualquiera. En la misma Universidad enseñaba Edmund Husserl y su  asistente era (entre 1919 y 1924, casi exactamente los mismos años en los que Barros trabajó en ella) un joven filósofo del que ya hablaba toda Alemania llamado Martín Heidegger. La imaginación se tienta en lucubrar que el inquieto médico cordobés, concurría algunas veces a esas lecciones que fueron ciertamente decisivas en la filosofía del siglo XX.
Hay quien afirma que trató de convencer a Husserl de venir a impartir clases a Córdoba. Como quiera que sea, las gestiones que realizó en Alemania para invitar profesores a la UNC, sólo prosperaron con el economista Alfons Goldschmidt y con el filósofo y fisiólogo Geog Friedrich Nicolai (amigo íntimo de Einstein y tal vez mediador en la visita del autor de la Teoría de la relatividad a Córdoba en 1925.
La trayectoria ideológica de Enrique Barros está marcada por posiciones revolucionarias y clasistas. En 1920, desde Alemania donde acababa de llegar, con motivo de una calumnia contra él en el periódico La Vanguardia, le escribe a Nicolás Repetto una carta –recordada por Gregorio Bermann- que vale citar por extenso:

Perdone que le diga, Dr. Repetto, … desde el laboratorio de trabajo donde escondo mi asco por tanta maldad triunfante; sólo los socialistas como Ud. Pueden disfrutar de las prebendas, diputaciones, senadurías, intendencias y concejalías. Yo me confieso socialista revolucionario, y ello me impide servir al Estado burgués, colaborar, como Ud., con la clase burguesa… No debo concluir estas líneas sin afirmar que, como socialista que no aspira a hacer fortuna como Ud., todo lo que tengo y lo que soy están al  servicio de la Revolución… Y (a los compañeros) les señaló conmovido el ejemplo luminoso de Lenin y Trotsky, igualmente difamados.

Aunque luego las convicciones revolucionarias de Barros se atenuaron y adoptó posiciones más liberales, hasta el final de su vida desarrolló una intensa solidaridad con la Revolución Cubana, acaso movida por la vieja relación que mantenía con la familia Guevara: en los años 40 intercambiaba correspondencia con Ernesto Guevara Lynch padre y trató a Ernestito por el asma. Luego trabó amistad con él cuando ya era el Che. Acaso el Dr. Barros consideraba que el alma de la revolución era –como también el sentido de la ciencia –el interés por las vidas ajenas.
Durante sus últimos años llevaba en el bolsillo un papel manuscrito que decía:

Yo, Enrique Barros, en pleno uso de mis facultades mentales y sabiéndome aquejado de una dolencia que en cualquier momento puede hacer crisis, prohíbo que en tal caso, ni vivo ni muerto, llegue hasta mi un sacerdote de la religión católica apostólica romana, a la que considero la negación de la doctrina de Cristo.

Esa crisis tuvo lugar el 25 de marzo de 1961. Murió de un ataque cardíaco mientras se encontraba en su consultorio. Sobre la mesa de trabajo, escrito a mano con lápiz, quedó inconcluso su último texto: “Eichmann, el gaucho malo de la pampa”. Ningún  sacerdote se hizo presente en el lugar.
 

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