CULTURA  

Lanvers y la Historia De Marchesini

El Nostradamus de la Medicina de Barrio General Paz

Con asombro y satisfacción leímos en nuestra edición anterior las breves historias que nos acercó Hernán Lanvers, el médico cordobés que fue ganado por la literatura, que nunca ejerció la profesión y que un día partió a conocer África, para luego convertirla en el escenario de sus éxitos literarios. Ahora, desde su Córdoba natal, en estado de descanso, se entretiene con las sorprendentes crónicas que publica en su Página de Facebook, y que ETHICA reprodujo en nuestro número de mayo y que hoy reincidimos por el gusto de leerlas.  (Luis E. Rodeiro)

Retrato de Marchesini, realizado por su amigo, Francisco Vidal, gran pintor cordobés.

Parte 1
De niño, ya sorprendió a su  padre cuando, en una visita a Italia, al llegar a la iglesia de un pequeño pueblo, le dijo que él ya había estado ahí, antes. Y que al lugar lo conocía bien. Cuando su padre le dijo que se dejara de inventar historias, él le aseguró que detrás del altar habría un pasaje secreto. Cuando el viejo cura del lugar les explicó que, efectivamente, ese antiguo pasadizo existía, desde hacía siglos pero que nunca se mostraba al público, llegó la primera sorpresa. 
Unos días más tarde, volviendo a Argentina en barco, el niño dijo:" Padre: hemos tenido mala suerte. Acaba de fallecer la abuela". Cuando se le dijo que con esos temas no se bromeaba, el pequeño Enrique calló. Pero veinte días después se enteraron de que la querida anciana había muerto exactamente a esa hora, ese día. 
Él iba a clases a las Escuelas Pías, esas que están en barrio General Paz, en Jacinto Ríos esquina 24 de Septiembre. Allí una de sus gracias era decirles, por anticipado, a sus compañeros, la nota que sacarían en sus pruebas. Cuando su abuelo, ya molesto por tantos rumores, le dijo que si era tan avispado, le dijera qué objetos él guardaba, celosamente, en su viejo baúl con candado, ese que casi nunca abría, el niño se los describió a todos. 
El anciano siguió desafiándolo. Cuando su hermana Oiga tuvo un grave episodio de dolor abdominal y ningún médico acertaba el diagnóstico, volvió a preguntarle al joven muchacho. Él le contestó que era apendicitis, pero que les iba a costar diagnosticarla porque ella tenía una ubicación del apéndice diferente a las habituales. Y es que, efectivamente, así era. Pero todo pareció desarrollarse, más intensamente, a partir de un accidente que tuvo, yendo en auto hacia Alta Gracia. Se lesionó una vértebra cervical y a partir de entonces, empezó su etapa activa de psicómetra, de diagnosticador de enfermedades a distancia, esa que sorprendería durante 40 años a gente que venía a consultarlo desde toda Argentina. 
Eso la incluyó a mi abuela, C. Lanvers, que descendía de gente con una cultura larga que creía en druidas, hechiceros y duendes, con poderes más allá de los que tenían las personas comunes. Y también a mi madre, M.E. Leber, así que fueron a consultarlo por una dolencia de mi padre, que este hombre, con sólo tocar un pulóver que le pertenecía, diagnosticó como el más experimentado de los médicos clínicos.

Parte 2
Y es que lo más sorprendente de todo era que Enrique Marchesini no atendía ni veía jamás a los enfermos que necesitaban de su diagnóstico. Él  sólo necesitaba que alguien, generalmente un pariente, le llevara alguna prenda que le perteneciera. O bien, un trazo de lápiz negro, sobre un papel. escrito por el doliente. Entonces él lo tocaba, lo recorría con los dedos de sus manos, se concentraba como un convencido profeta o como un hechicero de tiempos muy remotos - a lo mejor lo era - y daba, en un relámpago de increíble lucidez, la causa de la enfermedad. Y siempre acertaba. 
Una vez, se le llevó el pañuelo de una anciana que estaba muy enferma. Él fue terminante. Dijo que habría que irse despidiendo ya de la persona a la que le pertenecía, porque tenía muy poco tiempo de vida. Cuando la octogenaria se curó, sus parientes se quejaron. Y por fin se creyó que Marchesini, por primera vez, se había equivocado. Pronto murió, en forma inesperada, el esposo de la mujer y entonces se comprobó que el pañuelo que le llevaran era, por error, el del fallecido hombre. 
En una oportunidad, mi padre, que era médico y desconfiado, le preguntó a un famoso Jefe de la Cátedra de Psiquiatría si era cierto lo de los poderes de Marchesini. El viejo y prestigioso docente era un científico. Pero también era un hombre de edad y, por eso, tenía esa sabiduría lenta y asentada en mil experiencia que, a muchos, sólo se la dan los años. Y le dijo: " Mire. Yo le voy a contar una sola cosa. Una vez, lo citamos acá mismo, en el Hospital, para comprobar, con otros médicos, si era cierto lo que se contaba. Llegó tarde. Nos dijo que estaba apurado. Nos pidió que sacáramos cualquier libro de la biblioteca que había en la sala. Se sentó. Lo abrió en una página cualquiera, lo puso debajo de la mesa de madera, de forma de que no se viera. Y, no me pregunte cómo, a través de la madera, que era bastante gruesa y de buen roble, el hombre nos leyó toda una hoja. Cuando terminó, nos pidió disculpas por tener poco tiempo y se fue. Y con la cara que usted me está mirando, con esa misma cara, nos quedamos todos nosotros...", concluyó. 
Es que con Marchesini era cuestión de creer o reventar. Lo estudiaron, a su caso, investigadores de Buenos Aires y le hicieron numerosas pruebas. Marchesini se sometió a todas. Y de todas salió airoso. Y, mientras tanto, con sus diagnósticos, seguía acertando. Tenía su consultorio en la esquina de 24 de Septiembre y Jacinto Ríos, aunque él no recetaba. Sólo diagnosticaba. Y decía que todo lo demás debían hacerlo los médicos, que eran los que realmente sabían. Cuando en 1975 chocó con su auto, muy cerca de donde tuvo su accidente anterior, se lo internó en el Hospital Italiano, en la calle Roma. Un día, muy recuperado, llamó a la enfermera y le dijo que le agradecía por todo lo que habían hecho por ayudarlo, pero que quería despedirse. Y que era porque él ya se iba. La mujer no entendió lo que se le decía. Y le dijo que hasta que no le dieran el alta, no podría abandonar el hospital. 
Él, simplemente sonrió, con esa sonrisa que tienen los hombres adultos cuando le hablan a un niño. Cuando la enfermera se lo contó a los médicos, ellos, tampoco entendieron mucho. A las pocas horas, el asombroso hombre murió de una embolia. Se llamaba Enrique Marchesini y había nacido en Cosquín. Su vida fue un eterno misterio. Su muerte, no podía ser de otra manera.

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Foto: Placa metálica recordándolo, en el piso del lugar en donde estaba su consultorio, ahora una estación de servicio ubicada en Castiñeira, frente a las conocidas Escuelas Pías

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