INSTITUCIONAL  

COMISIÓN DE ACTIVIDADES SOCIALES Y CULTURALES

5.

CONCURSO MÉDICO LITERARIO
TEMA: VIOLENCIA CONTRA EL PERSONAL DE SALUD

LOS PREMIADOS

El Jurado del Concurso Médico Literario, convocado por el Consejo de Médicos de la Provincia de Córdoba, dio a conocer los nombres de las obras y de los autores que resultaron los ganadores, sobre un total de 23 trabajos evaluados. El Primer Premio correspondió a la obra Los Jacarandas, del Dr. Aldo Mario Joseph. El Dr. Mario Alberto Román, con su trabajo Hacer Preguntas se adjudicó el Segundo Premio. En tanto que el Tercer Premio fue compartido por los doctores Gonzalo Martín Flores y Emilio Mariano Iosa, por sus obras La violencia que no se ve y Maldito Triage, respectivamente.
El Jurado fue integrado por los profesionales: Silvia  Baccola; Rogelio López Guillemain;  Carlos Presman; Eduardo Rougier; José Silberberg; Felipe Somoza; Carlos Soriano; Roberto Ternavazio y Cesar Leo Kronwiter. Las ilustraciones fueron seleccionada por los editores.

PRIMER PREMIO: LOS JACARANDAS

Aldo Mario Joseph (1)

Me gustaba caminar bajo los jacarandás, esos árboles que en primavera  tiñen la ciudad de celeste y lila. Tenía cuadra y media desde la cochera hasta mi departamento. Transitaba ese  trecho bajo estrellas entrelazadas con el follaje, adoquines, fachadas de zaguanes y balcones. En ese barrio me refugié desde que tengo conciencia.
Vivía en el  tercer piso de un edificio de siete. Distinguido,  venido a menos, con un ascensor precioso que se movía con estrepito, legado de Tata, mi abuelo, que lo tuvo de garito hasta que se fue como voluntario a El Salvador y luego a Angola. Regresó viejo y cansado con la mirada transida de recuerdos extravagantes de guerras entre pobres. Murió en los salitrales chilenos acompañando a una cantora que añoraba la tierra de Chiloé. Nos dejó además, el amor por la poesía, la justicia y las empanadas picantes.   
Serrano se llama el portero, encargado prefiere él. Es un tucumano fornido de pelo duro y brillante, de mirada esquiva y ladina. Siempre se mostró servicial, con lo justo. Me agradecía mil veces por las veces que lo asistí, sobre todo cuando rodó por la escalera del segundo, empapado en cera perfumada. 
Era mi promotor, su propaganda me aportó dos o tres visitas fijas. Rita Olmedo del  primero,  anciana maestra de inglés que me deleitaba con sus crónicas de viaje;  Elio Muratore, vivía en el séptimo, jubilado, obeso y pícaro como él solo, gran protagonista de las huelgas contra Alfonsín, y los niños del cuarto, con quienes nos divertíamos corriendo por los recovecos para tomarles la fiebre. De todas maneras el resto sabía que éramos médicos, las reuniones del consorcio actualizaban cualquier información relevante. 
Con Irupé hace veinte años que estamos juntos,  desde las guardias del Posadas cuando éramos residentes. Nos vimos y ya no nos separamos. Trabajamos desde hace tiempo en el Hospital Fernández y no es raro que en los ratos libres, deambulemos por Palermo como en los primeros años.  
Desde el inicio de la crisis del COVID y especialmente desde que se decretó el aislamiento, tuvimos la certeza de que estábamos viviendo un hecho extraordinario que cambiaría nuestras vidas. Al comienzo la organización y la previsión resultaban esperanzadoras, la solidaridad nos motivaba. 
Al promediar la pandemia arrancaron las atenciones y obsequios, Rita nos esperaba con scones, se lo merecen, recalcaba. Elio prefería encantarme con Malbec de diferentes marcas, todos excelentes, van bien con las empanadas del Tata y se reía con un movimiento rítmico en los pliegues de su abdomen; los niños llegaban puntualmente con medialunas oliendo a azúcar quemada. Otros, dejaron en nuestra puerta chucherías y aromáticos fiambres alemanes. 
Lo más sensacional fue un pasacalle con grandes letras negras y flores amarillas, colgado a media altura que citaba: “Héroes les damos la gracias”. 
Serrano lo custodiaba atento con pose de coracero, por si, de los muchos que se detenían conmovidos, alguno, tomaba una foto. Los casos comenzaron a multiplicarse. El barrio lucía sombrío, un pánico encubierto se robó la felicidad. 
En una edificación próxima aparecieron personas infectadas, una cuidadora de patriarcas y enfermos fue señalada como la responsable. Serrano no tenia duda sobre ello y pronto se convirtió en una de las voces centrales de la protesta. …logramos echarla por el bien de todos, vió… Es la única solución, dijo el tucumano sin que se le moviera un pelo, tenemos que cuidarnos, el gobierno nos abandonó y aparte, los barbijos no sirven para nada, lo vi en la televisión española y ellos sí saben de eso… 
Los servicio médicos comenzaron a desbordarse, trabajamos turnos de 12 horas sin parar; nos habituamos, sin asombro, a ver pacientes despidiéndose de sus familiares por la web, amigos que perdieron a sus seres queridos sin poder abrazarlos, compañeros y conocidos que sucumbieron solos, como extraños. 
El primer aviso fue la ausencia de las medialunas, más tarde el umbral desierto, y por último una cartulina amarillenta que sentenciaba, “mejor se van por el bien de todos”. Tuvimos discusiones acaloradas en el ascensor y en los pasillos con gente irritada, como poseída, los había emboscado el virus del miedo, que en realidad es el miedo a la muerte. 
Un jueves por la mañana llegó el aviso El consorcio nos intimaba a abandonar el edificio, so pena de iniciar acciones legales. Salimos temprano un sábado, con pocas cosas, como huyendo. Serrano tiraba agua sobre la vereda sedienta, en una explosión de gotas saltarinas y esferas concéntricas. No miró. 
Fuimos a la casita en El Delta que usábamos de vez en cuando. El agua marrón confinaba el espacio de la vivienda, haciendo más penoso aquel impensado destierro. Viajábamos más de la cuenta, el agotamiento se hacía sentir pero pronto nos dimos cuenta que ese lugar apartado tenía su encanto. Regar los malvones y las madreselvas regalaba alivio y su aroma penetrante, escondía el desaliento y la angustia. 
El hospital era caos, la mitad del personal se ha contagiado, hay escasez de material, falta n camas y se nota la descoordinación y la fatiga. Colmada la terapia, no reteníamos detalles de los ingresados, eran cuerpos parecidos, sus rostros cruzados por tubos y adhesivos, impedían ver su fisonomía. Lo reconocí por su pelo espinoso, parecía un planeta extraño, redondo y azul, sus ojos apagados me miraron desde muy lejos, antes de intubarlo me apretó la mano y sentí su calor a través del látex. Perdóneme susurró. La inducción rápida lo llevó a un mundo desconocido y luego la maquina hizo el resto. 
Estamos exhaustos. Irupé tiene escalofríos, le pasa antes de menstruar. Anoche cocinamos las empanadas del Tata con la receta ancestral que nunca falló. No tuvieron el mismo sabor, les faltaba sazón, se sentía su insipidez en medio del paladar. Tampoco pudimos arrancarle el aroma profundo que nos deleitaba. El sol pegaba duro, como un látigo luminoso y el cuerpo lo sentía, mala hora para regar esas plantas de tangos y conventillos. El verano se anticipaba en el vuelo irregular de las golondrinas. 
Mejor entramos, no vaya a ser que…

(1). Nació en Córdoba, en 1952. Egresó de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba. Actualmente está jubilado.

SEGUNDO PREMIO: HACER PREGUNTAS

Gonzalo Martín Flores (2)

Eran cerca de las seis de la tarde de un domingo tan gris como frío. Preparaba una clase para la residencia y en una hora terminaba mi guardia. 
El chofer dormía la siesta en su pieza. 
Sonó el teléfono y contesté con miedo: un incendio en una casa. 
Darío apareció con la cara hinchada y despeinado. Anotamos la dirección y salimos corriendo mientras nos poníamos las camperas.
Encendimos el motor y la sirena de la ambulancia. Colgué el estetoscopio sobre mis hombros, saqué unos guantes y el saturómetro. Pasamos varios semáforos en rojo. Los autos se corrían. Las personas nos miraban con admiración y otras desconfiaban de la veracidad de la urgencia. 
La columna de humo se veía a varias cuadras de distancia. Superaba los edificios y se perdía en el cielo de Ensenada. 
La policía había cortado el tránsito y movió las vallas cuando llegamos. Los bomberos tenían dos camiones con varios brazos de agua. Los vecinos chusmeaban desde las puertas o desde las ventanas. El olor a quemado era irrespirable. 
Darío apagó la sirena y los bomberos se acercaron con cuatro personas envueltas en frazadas: dos adultos y dos pediátricos.
Abrí la parte de atrás y los ayudamos a subir. Les pusimos máscaras con oxígeno, les controlé la saturación, los ausculté y curé sus heridas. Ninguno tenía una lesión severa. No paraban de llorar ni de abrazarse. Lo único que podía hacer era hablarles y mantenerlos lúcidos.  
Un bombero me puso al tanto de la situación. 
Una frazada cayó sobre una estufa mientras la familia dormía. Eran cinco adentro: había un bebé. Todavía no lo sacaron.  
¿Todavía no?  
No pueden entrar por el fuego. Estaba en el cochecito.  
No supe qué decir y tosí por el humo. 
Qué cagada, che. 
Sugerí llevarlos al hospital pero no quisieron irse hasta saber algo del Tomasito.  
El papá quería entrar en la casa y la policía lo paró. 
Se acercó un bombero y me comentó en secreto que encontraron el cuerpito.  
Apreté los dientes y se me nubló la vista. 
Los bomberos dijeron la noticia del bebé. Entre todos, les explicamos que era urgente llevarlos a la guardia. Después podrían verlo.   
Darío arrancó a toda velocidad con la sirena prendida y yo me quedé atrás. Vi la cara de alivio de un policía cuando cerraba la puerta y me dejaba solo en esa jaula de leones. El padre se agarraba la cabeza. La madre lloraba abrazada a las dos criaturitas que también lloraban y gritaban como corderos. 
Controlé las mascarillas mientras me tambaleaba en esa coctelera. Fui mano por mano con el saturómetro y cambiaba las gasas húmedas. 
El tipo gritaba y repetía el nombre de Tomasito.
¿Qué pasó con Tomás?, me preguntó la nena. 
Ahora concéntrate en respirar profundo, dije. 
¿Por qué no lo sacaste?, dijo la madre tartamudeando por el llanto.
¡Por que los saqué a ustedes!, respondió su pareja. 
¿Cómo lo dejamos ahí?
No se veía una mierda. Fui a donde escuché gritos y los saqué a ellos. Al bebé no lo vi ni lo escuché…y esos forros vigilantes no me dejaron entrar. 
Les pedí que no griten porque eso les sacaba el aire.   
Darío aceleraba por las calles de Ensenada y yo seguía el protocolo como podía. Hacer preguntas, eso es todo lo que enseñan en la facultad. Pregunté qué hacían cuando empezó el incendio. 
Dormíamos la siesta, respondió la madre. 
¿Qué fue lo que se quemó? 
Una frazada. 
¿Se acuerdan de cómo salieron?  
Ella sintió el olor y me despertó– dijo el padre–. Abrí los ojos y vi el humo. Fui a la estufa, tiré la ropa al piso y abrí para que se fuera el olor pero fue como una explosión. El fuego agarró las cortinas, los muebles, todo. 
Claro, con el aire fue peor, comenté.  
El tipo cambió la cara de angustia por una de bronca, se paró y me empujó. 
Caí contra el otro costado de la ambulancia y me golpeé la espalda.  
¿Te pensás que soy pelotudo, la concha de tu madre? 
¿Qué haces? pará, pará.  
¿O sos más inteligente por ser médico? 
No, perdoná, no tengo idea de incendios. 
Se me acaba de morir un hijo y decís que fue mi culpa. 
Calmate, pajero– le dijo su mujer. 
Me arrastré tratando de alejarme de él. Los chicos lloraban y sentí la traspiración debajo de mi ropa. 
No quise ofenderte, disculpá. 
La culpa es de ustedes que llegan siempre tarde. No sirven para una mierda.
Tenés razón pero sentate y usá la máscara, por favor.  
No me siento un carajo.
Me dio una patada cerca de las costillas y cargó el brazo derecho.  
No atiné ni a defenderme. Me quedé quieto, entregado, dispuesto a absorber su impotencia con mi cuerpo. 
Darío pisó el freno y al tipo se le despegaron los pies del suelo y estrelló la cabeza contra el techo de la camioneta.  
Me fui con la inercia hacia adelante hasta chocar con la fila de asientos.  
Darío volvió a acelerar y me dijo de costado. 
Ya estamos por llegar.  
El tipo se hizo un corte. Abrí otro paquete de gasas y le presioné la herida.  
No te muevas o vas a sangrar más. Apretá fuerte y no lo sueltes. 
Le puse la máscara y miré por la ventana. Traté de descifrar qué tan cerca estábamos del hospital.
Unos minutos después, Darío metió la ambulancia en la guardia y frenó en la entrada de emergencias. Nos esperaban con camillas y mochilas con oxígeno. 
Abrieron la puerta y se encontraron con unos pacientes tapados de sangre, lágrimas y hollín. 
Los ayudé a bajar y se fueron. 
Cuando volvimos a la base, Darío prendió un pucho y se fue a su pieza. Todavía me temblaba el cuerpo. Solo quería ir a casa, bañarme y acostarme como alguien que hace la plancha en el mar. Necesitaba aliviar el dolor en las costillas y en mi vocación.  

 

(2). Es especialista en Otorrinolaringología. Nació en 1986, Cursó sus estudios en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba, de la que egresó el 25 de septiembre de 2012.

TERCER PREMIO (Por decisión del Jurado este premio fue compartido por dos obras) 

LA VIOLENCIA QUE NO SE VE (3)

Mario Alberto Román (4)

Por fin, el Debutante tiene su primera salida en ambulancia. El enfermero que le toca en suerte es un tal Minino. Sobre él ha escuchado algunas cosas:
trabaja en el Servicio Penitenciario desde hace dos décadas. El apodo deriva, según algunos, del mote de gato con que los presos designan a los botones y alcahuetes. Fue partícipe destacado en la represión del último motín carcelario. Luce siempre dos abultadas riñoneras, una con instrumental propio. La leyenda cuenta que la otra guarda la reglamentaria que, dicen, lleva siempre consigo. Si esto fuera cierto al Debutante le parece antinatural. Subir a una ambulancia armado es como vestirse de payaso en un funeral. Pero, por las dudas, no intenta confirmarlo.
También le han dicho que Minino odia a los marginales, que tiene la solución al problema de la delincuencia: paredón y plomo, y que al terminar la guardia roba nafta de la ambulancia. 
─ Nos sacan de nuestra zona, doc, la pandemia está ocupando móviles a destajo. Vamos a  LV ─dice Minino─ barrio peligroso si los hay, son todos delincuentes.
El debutante siempre desconfió de palabras como todos, unánime, absoluto, pero no dice nada. Tampoco lo contradice cuando Minino reivindica la mano dura policial.
─ Te digo doc que no es la mejor hora para entrar a LV. El patrullero ni se asoma, aunque puedo llamar a algunos amigos si la cosa se pone espesa.
Al médico le parece que no es buena hora para entrar a ningún lado. A medida que se acercan el paisaje urbano es más oscuro. 
─ Tranquilo, doc. Hay que estar concentrado. Pisar ese lugar de día es incómodo, de noche es peligroso, pero equivocarse puede ser mortal. Lo mejor es estar sereno y concentrarse en el trabajo.
Para reforzar el aliento de estas palabras le cuenta al médico que alguna vez, no hace tanto, los tripulantes de  una ambulancia tuvieron que escapar a toda carrera. Unos exaltados, disconformes con alguna decisión, quisieron lincharlos. Otros, asistieron a un paro cardíaco sin éxito y la ambulancia recibió un balazo en la carrocería. 
─ La habrás visto, doc, está en el galpón para reparar.
Sí, la vio, pero no es el mejor momento para pensar en eso. 
Entran al barrio donde la oscuridad hace más triste la pobreza del lugar. Llegan al domicilio que se destaca porque tiene verja y un jardín en el frente, en otro vecindario podría pasar por una casa de clase media. Se calzan el equipo de protección que requieren estos tiempos. Los recibe un hombre callado que los conduce hasta la pieza donde yace un anciano flaco y tembloroso. El debutante lo interroga, lo examina y hace su primer diagnóstico: neumonía, hay que internar.
Después de canalizar, bajar la fiebre, traer y conectar el tubo de oxígeno, Minino le hace una seña al Debutante y se apartan.
─ El que nos recibió es el choro más carteludo de Córdoba. Robo a mano armada, cinco años adentro ─dice.
─Tranquilo, Mini, está todo controlado. Pero averiguá que pasa con la cama que pedimos. 
El trámite se prolonga. Según los operadores hay algún problema con la afiliación de Pami del paciente. En los hospitales públicos no contestan el teléfono. La espera se dilata. El paciente está tranquilo, ya no tiembla y hasta hace algunos chistes. Pero la cama no se confirma. Minino controla el suero y al pasar le susurra al médico:
─ Creo que me reconoció. 
El debutante no cree que se pueda reconocer a nadie con el barbijo, la máscara, las gafas. Tiene la sospecha que todo es una farsa del enfermero veterano para asustar al médico novato. Pero por las dudas insiste en el pedido de la cama. Estamos en eso, es la respuesta repetida. 
El Debutante tiene la impresión de que hay miradas extrañas entre Minino y el hombre callado cuando se cruzan. Como las de los duelistas en la vieja colección de western en DVD que tiene su padre. Pero es una impresión, nada más. Eso sí, le extraña que dentro de la casa la temperatura es alta, pero el hombre callado no se saca la campera. ¿Esconderá algo allí abajo?
El Debutante, ocupa el tiempo vacío en mirar las aberturas de la casa y buscar la vía de escape más cercana. Lo hace siempre en lugares que no conoce, no solo en este caso, la seguridad ante todo. Piensa en que Minino  debe tener experiencia en atender heridas de todo tipo, eso en caso de que tuviera un accidente cualquiera, por decir algo. El problema sería si los dos se accidentan. ¿Cuánto tardará otra ambulancia en llegar?, hay mucha demanda. 
El viejito está estable, que siga así, piensa el Debutante. Lo que importa es conseguirle la cama, si se demoran que no se descompense, si se descompensa que no se muera. 
Una nueva comunicación le trae buenas noticias. Parece que la cama “casi” está. En cinco minutos le confirmarán, según dicen. Consulta cuando pasan diez y le piden otros cinco. Lo único que quiere el Debutante es trasladar al paciente, internarlo y ganar su primera batalla, sin que se dispare ni un solo tiro. 

(3). Los hechos y personajes de este relato son fruto de la imaginación del autor
(4). Se recibió en la Facultad de Ciencias Médicas de Córdoba. Tiene  64 años. Es Especialista en Cardiología y trabaja en el Hospital San Roque de nuestra ciudad.

MALDITO TRIAGES

Emilio Mariano Iosa (5)

Ojalá nunca en la vida se me hubiese cruzado estudiar esta carrera de mierda. ¿A quién se le ocurre seguir alegremente el delirio de mi viejo, del doctor Favaloro y la cantinela de patrañas humanitarias que nos metieron en el mate? Todo para que estemos como estamos, en este chiquero teniendo que elegir entre la vida de Don Lorenzo y la de Nico. Bicho de mierda, hospital de mierda, políticos de mierda. Para ellos la foto, para ellos la tijerita y la cinta y la conferencia de prensa en televisión. Tremendo show le sostenemos con nuestro disfraz de astronauta y este rol de superhéroe. Para ellos la guita y la fotito y para nosotros vos viejo, asfixiándote. Para nosotros vos viejo, que sos un pan de dios, muriendo en esta terapia oscura. Me acuerdo del olor que salía de tu panadería cuando íbamos con mis hermanos caminando al cole... Hijos de puta... ¡Hijos de re mil puta! Hace veinte años que les venimos diciendo que arreglen el ascensor, que necesitamos más camas, que hay humedad en el laboratorio, que la ambulancia no tiene frenos. Veinte años rogándole a los punteros y a los lacras que van pasando por las secretarías y los ministerios. Inoperantes hijos de puta. Se chorearon todo. Arrancaron choreando las bandejas de plata y las cucharitas y se cebaron… crápulas de mierda. Se llevaron los inodoros, el piso, los cerámicos, los colchones, las camas, los cables… Se chorearon todo y después vinieron a inaugurar este mundo durlock que inventaron para zafar de la cana y del odio de Punilla. Una cáscara dejaron. No sabés Lorenzo… el hospital Domingo Funes era un ejemplo viejo! El Funes era…No sabés...Vá ya no sé ni lo que digo! Que te va a importar a vos la historia de este hospital si ahora te estás muriendo y yo tengo que decidir si te saco el tubo y se lo pongo a Nico. ¡Maldito Triage! ¿Te das cuenta viejo que te tengo que sacar el tubo? Si me habrás retado porque decías que era un médico cabrón que vivía denunciando y haciendo kilombo... Era por esto viejo. Era para que no llegáramos a este punto en que tengo que tirar del tubo y meter a Nico. Él tiene más chance que vos de salir de ésta. ¡Cómo los odio viejo! Imaginate este hospital andando al palo. Imaginalo de primera línea, con los médicos bien pagos, bien formados, con la tecnología de punta y lleno de lucecitas. Un orgullo sería… Se me cierra la garganta por la rabia! ¡Qué virus ni qué virus! La rabia que tengo... ¡Adiós Lorenzo querido! Tus medialunas son y serán insuperables. Cuando sientas que no viene más oxígeno no te asustés. Acá va a estar tu médico cabrón teniéndote la mano. Pensá que el pibe es joven y tiene dos nenes chiquitos. No te sueltes de mi mano viejo. Yo te prometo que voy a seguir puteándolos hasta que me maten o me muera. No les pienso dar con el gusto de rajarme yo solito un disparo en el pecho. Ahora le toca respirar a Nico. Adiós Lorenzo.

(5). Nació en 1976, habiendo egresado de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba, en 2002. Se desempeña como investigador

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