CULTURA  

MI DESCONOCIDO AMIGO MIROLI

El Dr. Esteban V. Ancaroni, médico de Villa María, especialista en Ortopedia y Traumatología, nos hizo llegar este texto, donde relata la olvidada relación juvenil con su posterior colega Alfredo Miroli, las pormenores del reencuentro y de una amistad que para el autor había entrado en una zona de sombra, para renacer el día menos pasado y convertirse en inolvidable. Ahora, a los 69 años, con siete hijos y 16 nietos, la evoca con afecto

Durante el gobierno de Menem, siendo padre de un alumno de la primaria, acompañé al curso a Buenos Aires junto con otros padres.  Pasado el bullicio de la partida y ya con los niños durmiendo, nos reunimos los pocos adultos y, mate mediante, relaté que el día anterior había estado con un colega de Rio IV, el  Dr. Somariva, y que me impactó la historia que relataba sobre la visita del Dr. Alfredo Miroli a esa ciudad, para dar unas de sus numerosas conferencias sobre la temática de las enfermedades de transmisión sexual. 
Somariva me relató que el Dr. Miroli, cautivó al auditorio adolescente por su pedagogía.  Pero yo, sin conocimiento alguno de esta persona, le pregunte quién era. Con un dejo de sorpresa me miró respondiéndome, pero si es el que sale siempre en televisión,  hablando sobre el tema del SIDA. 
A lo que respondí que no tenemos conexión en casa, solo vemos videos, agregué a mi atónito e incrédulo interlocutor, pero mi afirmación era absolutamente verídica. 
Por lo que mi amigo, agregó: es un medico calvo, con barba, que colaboró en Inglaterra con el Dr. Cesar Milstein, el médico argentino, reconocido con el premio Nobel, precisamente  por sus investigaciones sobre el HIV. 
Le respondí que, por cierto, a Milstein lo conozco, pero no a Miroli.  
Mi colega no dejó de sorprenderme cuando me relató que Miroli, a su regreso de Inglaterra, había vuelto a radicarse en su Tucumán natal, abriendo una fundación para la lucha contra el SIDA)  Hasta entonces, él no era conocido en el país. 
Al finalizar un simposio sobre SIDA realizado en Buenos Aires con relatores extranjeros invitados, fundamentalmente británicos, los organizadores solicitaron, que les abrieran las puertas en Inglaterra para que médicos argentinos pudiesen viajar y capacitarse en los centros de investigación de aquel país.  Los ingleses, aceptaron rápidamente, pidiendo a continuación la posibilidad para ellos de capacitarse en nuestro país, al lado del Dr. Alfredo Miroli.
Los médicos argentinos, atónitos,  comenzaron a mirarse y a preguntarse por detrás quien era este Miroli, este connacional que por lo visto era internacionalmente famoso, pero  a quien los mismos expertos argentinos en Sida presentes en el congreso, desconocían. Se ponen en campaña y lo hallan en Tucumán. Le ofrecen un alto cargo en el gobierno y le dan la responsabilidad de presidir la lucha nacional contra el SIDA, dándole los recursos necesarios por lo que fue haciéndose  conocer públicamente, por los múltiples spot televisivos, y por las innumerables charlas que iba dando por todo el país.
Con la satisfacción de aportar algo sustancioso a una charla espontánea, regresé a mi asiento intentando dormir. Pocos instantes pasaron antes que una de las madres, que me conocía de antemano, y que me había estado escuchando,  me dijo:   Esteban, Miroli te dejó saludos.  La miré como si se estuviese burlando de mí y con cierta mezcla de suficiencia y cansancio le dije repitiendo su afirmación pero ya en tono de pregunta incrédula: ¿Miroli me dejó saludos?, pero si yo no lo conozco, agregue solo estaba contando un relato que escuché ayer, de boca de un amigo mío.  A lo que esta madre con mucha certeza insistió, pero el sí te conoce a vos, hace poco estuvo en Villa Nueva dando una charla, y preguntó por vos.
Y yo reiteré: pero si yo no lo conozco, no sé quién es, repetí enfáticamente y más desconcertado, puesto que la convicción que la mujer demostraba al decirme eso, me incomodaba, como cuando a alguien lo acusan injustamente de algo y no sabe que decir.
A lo que la mujer, viéndome en ese estado, donde yo demostraba una desconfianza total de lo que me decía, con el semblante serio, me dijo taxativamente.
-“Si, ¡él te conoce!, ¡incluso conoce a tu mamá y tu papá! ¡Es más, estuvo en tu casa!”
A esta altura del diálogo, no sabía que decirle a esta pobre mujer que me salía con esta historia involucrándome personalmente con este sujeto. Y todo había surgido a través en una simple anécdota, de la que yo solo era un transmisor, y que había relatado como para aportar algo en la charla, en ese largo viaje a Buenos Aires. Me sentí interpelado, incluso molesto.
-¡No!”, repetí con la certeza que da la convicción, “¡a Miroli no lo conozco en absoluto!”.  
Pero esta mujer, no cejó en sus afirmaciones repitiéndome: 
-“Miroli te conoce, y me dejo muchos saludos para vos”.
-“Bueno”, respondí en forma complaciente, para finalizar esa absurda charla dándola por terminada con un enfático “¡pero no tengo la menor idea de quien es esta persona!”.  
Pasamos unos cuatro hermosos días en Capital Federal,  regresando a casa renovado.  Fue un solo entrar a mi hogar, y  abrazarnos con mi esposa, quien segundos después de mi abrazo me dijo muy entusiasmada. 
-“Tu amigo Miroli te dejó muchos cariños”. 
Quedé paralizado, parecía una confabulación, como la trama de una película donde querían hacerme creer algo de lo que yo sabía sin dudar que era una falsedad. 
-“Pero ¿cómo es que vos lo viste a Miroli“? le pregunté a mi esposa, no sabiendo ya que pensar a esta alturas de las circunstancias.
Y ella me dijo que “llamaron al colegio donde doy clases y me pidieron que fuese hasta el lugar de la conferencia porque Miroli estaba dando una charla  sobre el SIDA y sabiendo que vos no estabas en Villa María, pidió que al menos, él quería conocer a la esposa de su gran amigo, así me dieron el mensaje y fui a verlo”.
-“Pero si yo no tengo la menor idea quien es él” – le contesté, como si mi respuesta pretendiese darle un fin a este enredo, a lo que mi esposa acotó “vos no lo conocerás, pero de donde te conoce él a vos, yo  no lo sé, pero te digo que estaba muy feliz de saludarme muy cariñosamente, me dio un beso, me preguntó por vos y también por tus padres y tus hermanos”.                              
Y me agregó: “aquí tengo su tarjeta personal con su teléfono celular para que lo llames cuando vayas a Buenos Aires, y me dijo que va a estar feliz de verte” , y a continuación, mi esposa  me entregó una tarjeta, la miré y guardándola , en mi billetera, traté de olvidar todo lo relacionado a este confuso episodio.
Meses después, viajé a un congreso médico a Buenos Aires, alojándome  con mi amigo Somariva en la misma habitación.  Tomé mi billetera, saque la tarjeta de Miroli que siempre la había llevado conmigo, disqué su, número, y rápidamente me atiende una voz de hombre y pregunté ¿“Dr. Miroli?” 
-“Si, quien habla”,  me contestaron.
-“El doctor Esteban Ancarani”, dije en forma impersonal.
Un vibrante y entusiasta “¡Esteban!”, escuché del otro lado, “¿dónde estás?  ¿estás en Buenos Aires?, preguntó en viva voz. 
-“Estoy aquí en Buenos Aires”, respondí sorprendido de tamaña familiaridad y tanto entusiasmo,
-“Buenísimo, te venís a cenar a casa esta noche, así conocés a mi esposa Celia y a mis hijos”.
Sorprendido y desarmado emocionalmente solo atiné a decir: “estoy con el Dr. Somariva”. 
- “Macanudo”, respondió Miroli,  lo conozco, que venga también él,  y en cuál hotel estás alojado”, preguntó.
Le di la dirección del hotel y me dijo que nos pasaría a buscar a las 21 hs. Sin entender nada, colgué el teléfono,  mire a mi compañero y le dije “Tano, Miroli nos invitó a cenar”.
-“Buenísimo”, me respondió entusiasmado. 
-Pero me vas a tener que señalarlo cuando ingresemos.
Bajamos a la recepción quince minutos antes de la hora acordada. Alrededor de las 21 hs, un hombre menudo y con la descripción que me habían dado ingresó al hotel dirigiéndose al conserje. Mi amigo estaba leyendo el diario cuando le interrumpí para preguntarle si esa persona era Miroli.

_botonregresar.png

Él se fijo y me dijo, sí, ese es. Me levanté y acercándome por detrás le pregunto: ¿Dr. Miroli?; éste se dio vuelta, me miró, se le iluminó el rostro y con una enorme sonrisa me envolvió en un fuerte abrazo, diciéndome en forma familiar y cariñosa un “Esteban”, como un viejo amigo o un hermano a quien no había visto en mucho tiempo.Quedé como paralizado, fueron segundos solamente de ese abrazo, pero para mí fue una eternidad. 

Era tan cálido ese abrazo, tanto afecto y yo por dentro era un vacío absoluto. Una nada emocional me invadía contrastando profundamente con el cariño que percibía de ese hombre hacia mi persona.  Esa sensación es indescriptible, como dos fuerzas opuestas que se chocan.

Salimos del hotel y subimos a su vehículo. Mi cabeza funcionaba a mil, y me preguntaba  ¿qué hago aquí? ¿qué hago yendo allí? ¿cómo quedo si pregunto o no de donde nos conocemos?... etcétera y etcétera.  
El tiempo y el espacio se habían detenido, hasta que llegamos a destino. Creo que no hablé nunca. Somariva fue mi salvavidas, mientras mi cabeza trataba de entender la situación, pero continuaba mi mente en un absoluto vacío.  
Un –llegamos-, rompió mis cabildeos mentales. Bajamos y accedimos a su vivienda particular, a su hogar.  Ingresamos a un hermoso y cálido ambiente, envuelto en una tenue penumbra,  apenas rota por envolventes resplandores de candiles, que otorgaban una cuasi mágica escena.  
En ese escenario, aparece caminando  una sonriente mujer, que nos recibió con inocultable alegría. “Celia, mi esposa”,  nos presenta Miroli, como también a sus hijos. refiriéndose a mi como su gran amigo. Yo quería desaparecer.  Toda una familia esperándome y yo quería comprender el porqué del afecto y cariño hacia mi persona, de este famoso personaje, de proyección nacional, y conocido mediáticamente en todo el país, pero que para mí continuaba siendo un absoluto desconocido.
¿De dónde provenía tanto cariño para buscarme, invitarme, introducirme a su propio hogar, presentarme a su familia y agasajarme con una magnifica cena iluminada con la luz de unas velas? Una escena surrealista total. Breves y formales palabras de mi parte hacia los demás integrantes de la familia y como zombie  pasé  a un comedor, sentándonos alrededor de una bien preparada mesa.  
Nunca me había sentido tan mal emocionalmente. Lo que hubiese sucedido entre nosotros dos, debía ser algo muy importante y que había calado hondo en él, pero… ¿el por qué? ¿el dónde? ¿el cuándo? ¿el cómo?, eran todos interrogantes que pujaban para encontrar la respuestas que me aclararan ese abismo sentimental que se abría entre nosotros. 
Ante esta escena de afecto hacia mi persona, por parte de esta familia, donde me recibieron como a un integrante más,  que regresaba luego de una larga ausencia, agravó mi desorientación creándome en mi interior una atmósfera a esa altura ya patológica. Realmente me sentía pésimo y más todavía cuando me preguntó por mis padres.   
Era realmente delirante aquello; quería desaparecer en el acto.  Y no me atrevía en lo mínimo a confesar todo esto. ¿Temor al ridículo? ¿Brindar sensación de ingratitud por olvido?  
La cuestión es que el abismo que se abría ante mí era cada vez mayor, insondable, inescrutable.
La mayor parte de la conversación giró sobre la persona de Cesar Milstein, de quien Alfredo Miroli se refería como Cesar; lo mencionaba con incontrastable cariño, contándonos de sus visitas a Tucumán, donde Miroli lo alojaba en su casa.
Hasta que una la luz comenzó a parpadear en el fondo de mi cerebro, cuando Miroli en forma súbita dirigió su mirada hacia mí, como si se hubiese percatado de mi confusión y comenzó a relatar el momento en que estuvimos juntos la única y última vez en nuestra vida.
-¿Te acuerdas cuando nos largamos nadando por el rio en Villa María, desde la quinta donde nos tiramos, hasta el club donde salimos, y pasamos juntos a los bomberos que estaban buscando un ahogado?  
Y continuó diciendo:
-Cuando volvi a Córdoba, ese mismo lunes, viendo el noticiero cuando pasaban la filmación de los bomberos,  le dije a mi abuela, Nona, ahí nos bañamos ayer.  Mi abuela me escuchó y lo llamó a mi Papá a Tucumán,  quien, al otro día me vino a buscar y me llevo de regreso a mi casa no volviendo más por Córdoba. Y allí, en Tucumán, hice toda mi carrera de medicina.
Súbitamente, me vino a la mente la cara aniñada de un pibe que conocí,  estando un enero bajo el rayo del sol, en el campus universitario de Córdoba,  integrando una larga cola de postulantes, mientras esperaba anotarme en  medicina, allá en los albores de 1968. 
Era  un caluroso enero. Mientras estaba en la fila, me di vuelta y me encontré, detrás de mí, a  un chico menudo, de rostro transparente y mirada profunda, que estaba esperando lo mismo que todos. 
Inmediatamente entablamos conversación:
-¿De dónde sos?
-De Tucumán, me contestó y a renglón seguido, lo invité a que fuésemos a mi casa paterna, ese fin de semana próximo, en Villa María. 
Y así lo hicimos,  ese viernes viajamos a Villa María, estuvimos alojados en casa, conoció a mi familia, en un tórrido verano que aprovechamos  bañándonos en nuestro río.  Nos dejamos deslizar corriente abajo, y en el trayecto vimos como los bomberos buscaban un ahogado en el área donde estábamos. Eran escenas recurrentes en aquellos tiempos.
Volvimos a Córdoba ese domingo, nos saludamos, prometiéndonos reencontrarnos, y………. nunca más supe de él. Desapareció súbita e inexplicablemente de mi vida, y con el pasar del tiempo, de mi memoria.  
Fue un compartir un par de días, donde sin llegarnos a conocer en demasía, quedó en mi recuerdo, una imagen que por unos años, recurrentemente regresaba a mi mente, en forma súbita y fugaz pero, habiendo olvidado ese episodio de nuestro encuentro, no entendía de donde surgía y tal como aparecía, se esfumaba instantáneamente dejándome el interrogante de quien era ese rostro algo familiar, pero olvidado. Y con el transcurso del tiempo, también eso dejo de sucederme.
Nunca más supe que fue de ese muchacho, y nunca volví a verlo ni a saber de su persona, ya que en la precipitación de los hechos no teníamos siquiera la dirección exacta de donde vivíamos, menos los teléfonos.  Por lo que fue imposible conectarnos nuevamente, hasta ese preciso momento donde todo se aclaraba.
Y esa misma persona de las imágenes, ahora se encontraba hablando frente a mí, con arrugas, sin cabello pero con la misma mirada noble y generosa.  Debo confesar que fue un inmenso alivio a la intensa presión que mi cabeza se vió sometida y todo cobró sentido, todo tuvo explicación.
Como un rompecabezas, se armó en mi mente, con una lógica irrefutable, toda la historia relacionada con Alfredo Miroli.                       Él fue para mí, reitero, un episodio más en mis encuentros juveniles, y pudo haberse cimentado una sólida amistad, que se vio súbitamente tronchada, ausente y olvidada por imperio de las circunstancias.  Pero para él, Alfredo Miroli, quien estaba allí, homenajeándome, abriéndome su casa, compartiendo su familia, su vida, abriéndome su corazón,  evidentemente ese encuentro  lo marcó profundamente ya que nunca olvidó ese cortísimo fin de semana que compartimos.
No le dije nada de mi olvido. Nos despedimos con afecto y pasaron muchos años, para poder relatarle esta historia.

_botondescargar.png

Es una publicación propiedad del Consejo de Médicos de la Provincia de Córdoba
Mendoza 251 • 5000 Córdoba  /  Tel. (0351) 4225004

E-mail: consejomedico@cmpc.org.ar  /  Página Web: www.cmpc.org.ar

© 2018 por Prensa CMPC.
Creado por Bunker Creat!vo