EDITORIAL  

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SOMOS MÉDICOS, NO ROBOTS

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, el 25 % del total de las agresiones laborales se producen en el sector salud. Y, en una realidad como la que lamentablemente vivimos cotidianamente, los médicos y el personal de salud nos sentimos violentados. Pero no sólo se trata de agresiones verbales y hasta físicas, protagonizadas por ciudadanos airados, por motivos que por lo general tienen sus orígenes en los sistemas más que en los profesionales de la salud. Nos sentimos violentados por una opinión discriminatoria hacia los médicos, que se reproduce ante cada emergencia sanitaria señalándonos como culpables. Nos sentimos violentados porque esas opiniones discriminatorias se dan, en el contexto de una situación que viene de lejos, caracterizada por injustas condiciones de trabajo, salarios indignos y siempre postergados, que afectan nuestra vida cotidiana. Y que indudablemente también son violencia.
La supuesta “culpabilidad” de los médicos, meollo de la opinión discriminatoria, es expuesta públicamente desde la prensa, desde personas públicas, desde profesionales,  que por lo general son formadores de opinión en la sociedad. Se habla de incapacidad médica para entender humanamente el acto médico o de insensibilidad ante el dolor del paciente. Apreciaciones temerarias que nivelan al médico y al personal de salud con una suerte de robot, que actúa mecánicamente aplicando una programación técnica.
La verdad es otra. Los médicos estudiamos muchos años para obtener el título profesional; otros tantos años para acceder a una especialidad. Y no lo hacemos desde una torre de marfil, que nos aleja de la realidad y de su comprensión. Dentro de ese tiempo de formación dedicamos mucho tiempo a convivir con los pacientes, a trabajar con el dolor, a sentir una gran alegría cuando logramos vencer una enfermedad y un profundo dolor cuando un paciente se agrava o lamentablemente muere. No somos robots, que sólo disponemos de una técnica ajena a la vida real ni transitamos por la medicina encerrados en una torre de marfil.
Durante la reciente pandemia, mientras muchos colegas daban su vida luchando contra el Covid, había quienes nos señalaban como protagonistas de un “autoritarismo” que obligaba al aislamiento y a medidas preventivas. Tanto, que tuvimos que ganar la calle, en distintas provincias, incluso en la nuestra, para recordar a la sociedad que éramos médicos, no asesinos.
Es curioso, pero es parte de la realidad que nos afecta. Todas las profesiones poder ser objeto de lo que se llama “mala praxis”, pero el término es usado exclusivamente contra los médicos, que no estamos exentos de ella por cierto, pero que en que en la mayoría de los casos se alimenta de datos falsos, de pruebas inexistentes, que forjaron en un tiempo una poderosa industria del juicio. La realidad es que cuando se habla de “mala praxis”, su protagonismo tiene una sola dirección: los médicos.
Nos sentimos agredidos y violentados, cuando se ignora que fueron los profesionales de la salud y sus instituciones, precisamente, los que luchamos permanentemente por avanzar en una medicina humanista, con la introducción de la Bioética en la práctica profesional, los que impulsamos leyes como de la muerte digna, los que trabajamos en el reconocimiento expreso de los derechos de los pacientes, sólo por citar algunos ejemplos.
Nos sentimos agredidos y violentados, cuando –por ejemplo- los colegas que atienden a las personas discapacitadas, tienen un atraso de cuatro o cinco meses en el pago de sus honorarios. Porque eso es violencia, como es violencia ejercer con honorarios insuficientes, en condiciones adversas, con el deterioro de la relación médico-paciente, originada en una concepción economicista de la salud.
Los médicos no somos robots, pero además somos tan personas humanas que comemos, nos vestimos, pagamos los impuestos, que requerimos seguir formándonos.
La dimensión de esa violencia alcanza niveles que van más allá de la reacción fundamentalmente de familiares o amigos de un paciente ante una situación que consideran impropia en la atención del enfermo y reclaman con violencia, ya sea verbal o física.