
CULTURA
MEMORIA Y HOMENAJE
CARLOS ALONSO
EL PINTOR DEL CUERPO HUMANO

Estábamos por comenzar nuestra habitual reunión de la Comisión de Comunicación Institucional, cuando ingresó al lugar de reunión el presidente del CMPC, con la triste noticia del fallecimiento del inmenso pintor Carlos Alonso, en su casa en Unquillo, en las sierras cordobesas. Era el 21 de septiembre, el inicio de la primavera, como si lo hubiera planeado, para estar cerca de las flores y sus colores que recién nacían y que lo habían habitado durante sus 97 años, tiñendo sus pinturas. Entre sus obras, destacó su Cuaderno de Anatomía, territorio de médicos en la salud y en la enfermedad, en el que recorría el cuerpo humano, con una mirada original y profunda. Para la aventura, aceptó la participación de Carlos Presman, médico y escritor, su amigo. En verdad se buscaron y se encontraron mutuamente. Pintura y escritura, que dieron a luz, una obra trascendente. Hoy, en su memoria y como homenaje, volvemos a fragmentos de la nota que le dedicamos en nuestra ETHICA 166, de febrero 2024, al conocerse la gran aventura artística. (Luis Rodeiro).

Fue un pintor excepcional, reconocido internacio-nalmente y un hombre transparente y luchador. El sostenía que sus imágenes le venían de la pintura y de la poesía. Era admirador de Pasolini, recuerdan sus biógrafos: “encontré un sentido del arte en su poesía y en su combate contra el fascismo y las mafias”. El pincel era su arma. Censurado y condenado al exilio, en épocas trágicas el pintor, dibujante y grabador, dejó un legado con obras imprescindibles para el patrimonio nacional en las que abordó problemáticas como la pobreza, las tensiones sociales, la violencia política y la fragilidad de la condición humana. En 1977 tuvo que atravesar uno de los episodios más dolorosos: la pérdida de su hija Paloma, secuestrada y desaparecida por la última dictadura cívico-militar. Este evento produjo un quiebre significativo en su vida y en su obra. De ese dolor surgió una de sus series más emblemáticas, Manos anónimas.1 Sobre ese rescate, dijo: “Esta exposición es inédita porque es un material que hice en silencio durante 30 años. Varios de esos años estuve sin trabajar, recuperándome de las pérdidas; la de mi hija Paloma, la del país, la pérdida de mis afectos, y todo lo que tiene que ver con el exilio.
Con sus propias palabras, en poesía, se pintaba así su vida: “El tiempo no pasa en vano. / Deja marcas, surcos, canas. /Canas que el viento mueve. / Cada día deja algo en este rostro. / Aprendí a mirar más hondo. / A mantenerme firme. / A seguir trabajando. / En este, mi día, deseo / que el viento siga rozando la cara, / como aire fresco. / Para seguir de pie. / Atentos. / Con las ideas vivas”.
1. Del homenaje de Página 12.
Cuadernos de Anatomía
Desde el Consejo de Médicos, queremos recordarlo, desde aquella nota que publicamos en Ethica Digital, cuando salió a la luz su Cuadernos de Anatomía, una aventura compartida, con el médico y escritor Carlos Presman, con quien dialogamos, decía así:
La aventura, el gran desafío, de “ponerle dibujos y palabras al cuerpo humano”, llegó al fin de la travesía. Cuando nos enteramos, nos llenó de júbilo y de paciente espera. La enorme noticia alcanzaba su osada dimensión al saber que el dibujante era, nada menos, que Carlos Alonso, un maestro de la pintura, el artista cordobés que es reconocido en todo el ancho mundo. Pero la apuesta se duplicaba, porque el encargado de ponerle palabras, sería su y nuestro amigo Carlos Presman, un ser entrañable atravesado por la medicina y la literatura. Precisamente, era él, desde la revista digital Intramed, de abril del 2020, el que nos participaba que el desafío había comenzado, que la aventura iniciaba su proceso. Después de tres años, el libro es hoy una realidad. Un verdadero trofeo, que podemos disfrutar del arte de enlazar dibujos y palabras, sobre el cuerpo humano. Los textos de Presman siguen el itinerario de los trazos de Alonso: cara, nariz, ojo, boca, oreja, mano, pie, piel, tórax, corazón, pulmón, abdomen, genitales, cerebro. El cuerpo entero. El libro se abre con dos frases de los protagonistas. Carlos Alonso elige decir: “dibujar es romper el miedo y el silencio”. No son meras palabras. Alonso se ha batido a pincelazos contra la última dictadura militar, que le arrebató a su hija Paloma. En tanto, el otro Carlos, prefiere usar la medicina para luchar contra los poderosos que dominan el mundo: “a lo largo de la pandemia murieron unas 5.500.000 de personas. En igual periodo murieron 7.000.000 de hambre”. El pórtico de entrada es prometedor. El libro, de reciente aparición, fue editado por la Editorial Universitaria Villa María.
LA HISTORIA DE LA AVENTURA COMPARTIDA POR CARLOS ALONSO Y CARLOS PRESMAN
Entre un no y un sí, pasaron tres años en esta historia. Hay otro libro, que actuó de disparador. Según nos cuenta Carlos Presman, siempre inquieto por el mundo de la literatura, gran lector,entre paciente y paciente, había quedado colmado leyendo El Cuaderno de Bento, de John Berger, allá por el año 2011. Y, como una suerte de regla no escrita, cuando uno queda colmado, quiere comunicarlo, contarlo, hacer partícipe de la experiencia –en este caso literaria- a un ser cercano, que íntimamente sabe que lo conmoverá. Presman y Alonso son viejos amigos, quizás –no lo sé- si esa amistad haya nacido a partir de un acto médico, pero que fue más allá compartiendo una mirada sobre la realidad, valores comunes y actitudes semejantes. Al leer a Berger, el médico siente la necesidad de llevarle al pintor, esa obra de alta profundidad literaria que está conjugada con sus propios dibujos y bocetos.
A las pocas semanas, Presman que no se había equivocado, Alonso había quedado impactado y sin más le propone al médico y escritor hacer un libro conjunto, con la misma intención de Berger: “Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer visible para los demás algo que hemos observado, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable”.
Presman relata en la introducción de Cuadernos de Anatomía, que su respuesta fue “un lacónico no”. Sin embargo, ese “no”, inexplicable hasta para él, le da vuelta en su cabeza, lo persigue durante largos tres años y luego de un viaje a París, viene decidido a cambiar ese no inexplicable, en un sí rotundo. Con la paciencia de los cultores del arte, el Maestro había esperado esa respuesta y le responde como si no hubiere pasado el tiempo: «Venite ahora y empezamos».
Recuerdo Presman: “Durante tres años nos encontramos periódicamente en su atelier de Unquillo, contiguo a la Casa Museo Lino E. Spilimbergo. Allí pasamos largas horas de aprendizaje y comunión. Fue un vibrar simultáneo que intentó alumbrar un tono, una música común, con las partituras de la medicina y la ejecución de la pintura. Ciencia y arte se necesitan y no pueden prescindir una del otro, en la lectura del cuerpo. Se entrelazan de manera indisoluble: percibimos la belleza en la ciencia y la técnica en el arte”.
Sin embargo, pretenden algo distinto y lo logran, no se trata, según Presman, “ni literatura, ni pintura”, sino “una conjunción de fruto incierto, como la mixtura de genes y gametos”.
¿Por qué el cuerpo humano? Sin duda, hay varias razones, pero una poderosa: “hace décadas que ambos trabajamos con el cuerpo humano. Hemos observado con los ojos del artista y del médico a miles de personas desnudas, rastreando la historia afectiva y la enfermedad, buscando el ser que habita esos cuerpos”.
Hermosa conjunción: “se trata de descubrir un cuerpo objeto y sujeto. Nos alienta la convicción de percibir en las entrañas un alumbramiento próximo que nos llena de vida. Una pulsión alquimista de fundir el oxígeno de la pintura con el hidrógeno de las palabras y ver nacer el agua”, afirma el encargado precisamente de las palabras, mientras el maestro juega con los trazos, los colores, las dimensiones, garabateando sobre una tela.
La definición es clara: “El cuerpo es la materia donde sucede la vida y también la muerte”, escribe Presman y suma otras aproximaciones, cada vez más cerca de asir el sentido, de ir a su búsqueda a través de esas dos manifestaciones del arte: la pintura y la medicina. Con él, cada uno interpreta un papel distintivo, único, e interactúa con otros. El cuerpo siempre es una sociedad. La especie humana, además de modificarse desde el momento mismo en que se unen espermatozoides y óvulos, cambia con la historia personal de cada uno. La biología se transforma con la biografía. Ese cuerpo biográfico, además, sucede en un tiempo histórico y cultural. La convivencia, el medio ambiente, la historia y las diversas pautas culturales nos atraviesan”, y apela a Borges para agregar que “el cuerpo es la síntesis material de lo heredado, de nuestras conductas. Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.
No sólo las cirugías dejan huellas inevitables en nuestro cuerpo, también lo hacen la violencia, el hambre, el sol, el frío, la abundancia, el encierro, los accidentes. El cuerpo es la escenografía, el territorio, donde cada cual con lo que hereda construye su identidad física. Eso ocurre con todos: los deportistas, las modelos, los artistas, los intelectuales, los obreros, los maestros, los médicos… El cuerpo es nuestra propia obra de arte, una escultura que moldeamos cada día. Muestra lo que nos oculta, como la punta de un témpano que nos obliga a sumergirnos para poder dimensionar, desde la profundidad, la verdadera magnitud del ser humano. El lenguaje nos permite bucear. Somos personas porque nos comunicamos simbólicamente, porque hablamos, porque somos dueños de un lenguaje.
La palabra, que es la herramienta más poderosa para que el cuerpo se exprese, a su vez, lo conmueve. El ojo, como ejemplo de la aventura Alonso-Presman (Ojo del latín ocûlus): órgano de la vista en el hombre. ¡Ojos que a la luz se abrieron un día, para después, ciegos tornar a la tierra, hartos de mirar sin ver (Antonio Machado, «Proverbios y cantares», XII). Cuando Francisco Toledo terminó de leer el Manual de Zoología Fantástica de Jorge Luis Borges, se propuso ilustrarlo con sus dibujos. Para entonces el escritor ya estaba ciego. El pintor cerró los ojos de manera natural para imaginar cada uno de esos animales irreales. Le sorprendió que ese gesto, tantas veces repetido, le permitiera alucinar para construir las imágenes más extraordinarias. Pensó si acaso la ceguera del escritor no había favorecido la visión de ese zoológico fantástico. Así alumbró la idea que es el final de esta historia.
Aquella mañana, en su Oaxaca natal, Francisco Toledo tomó la decisión de crear un museo para ciegos con pinturas contadas y esculturas en las que está prohibido no tocar. El nombre del museo: Jorge Luis Borges, prosigue entusiasmado Presman.
En la novela Ensayo sobre la ceguera, recuerda, José Saramago presenta a un conjunto de personajes que padecen una pérdida contagiosa de la vista y van quedando con la visión en blanco. Los no videntes aprenden a ver con las manos, las que utiliza el pintor sobre la tela en blanco. Usamos la expresión «dar a luz» para aludir al comienzo de la vida. Al nacer abrimos los ojos y lloramos. El mundo exterior parece ingresar a través de nuestra mirada. La curiosidad humana convoca a buscar con los ojos el sentido del universo. El ojo es el inicio de las relaciones, del amor a primera vista. La mirada y su profundidad vinculan a las parejas. Cuando nos separamos nos decimos «hasta la vista», «nos vemos». La mirada del otro hace también a mi existencia. Mirar y ser mirados, enceguecer y pasar inadvertidos. Ver para creer.
Como dice una estrofa de la canción «Mirada» de Jaime Roos: «Por la mirada se siente frío, / se sabe cuándo pasar o doblar la apuesta, / cuándo correr y abrazar/ y cuándo cantar te quiero». El órgano ojo, como todos los órganos, también sufrió transformaciones en la evolución; fue educado según las culturas, se enfermó y se curó con ellas.
El hombre desarrolló de manera exquisita la visión estereoscópica y pancromática; sin embargo, la mujer distingue mejor los matices de los colores, mientras el varón está mejor dotado para ver a la distancia y registrar los movimientos rápidos. Esta diferenciación tal vez provenga de millones de años atrás, cuando el hombre salía a cazar y la mujer recolectaba los frutos maduros.
Cierto entrenamiento con aprendizaje nos permite percibir las tormentas y leer el río donde se procura la pesca o anuncia la creciente, y también interpretar y gozar de las obras de arte. Los oficios nos deforman la mirada: odontólogos que no pueden alejarse de las piezas dentarias; arquitectos que miden las líneas y se detienen en las decoraciones; abogados especialistas en la letra chica de los contratos; médicos cultores del mítico ojo clínico, el del doctor Watson acompañando a Sherlock Holmes. Con la mirada hacemos diagnóstico, aun del ojo mismo.
Presman, con los dibujos de Alonso muy dentro suyo, vibrante exclama. Ahora es tiempo de abrir bien los ojos y mirar, cerrarlos y sentir el arte de Carlos Alonso.
Palabras finales. Estamos ante un libro, que sigue el camino de Berger con su Cuaderno de Bentos, que toma vuelo propio y se convierte en una obra de arte profunda que nos sorprende, nos obliga a la exclamación. La magia de los trazos de Carlos Alonso para comunicarnos, su mirada sobre el cuerpo humano y las palabras justas para acompañar esos dibujos de Carlos Presman, merecen ser leídas y ahora recordadas, cuando el Maestro luce sus 97 años y se encaminó hacia la muerte. Qué tristeza.
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