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  CULTURA  

Médicos que escriben

Concurso Literario 2025
Vivencias y Anécdotas de la Vida Médica

Los Premiados
El Jurado integrado por los Dres. Dres. Rogelio López Guillemain, Norma Acerbi Cremades y Eduardo Banille, dieron a conocer los premiados en el tradicional Concurso Literario 2025, que organiza cada año la Comisión de Actividades Sociales y Culturales de nuestro Consejo de Médicos. En las tres categorías, los premios fueron compartidos, lo que habla de la calidad de los textos literarios presentados. El primer premio, además de ser compartidos, coincidieron en evocar a bebés internados bajo la tutela de médicos y enfermeros. Con la solidaridad a flor de piel. 

PRIMER PREMIO
Dra. María José Rangel (UNA PAPA FRITA) y Dr. Jorge Augusto Pronsato (PRIVILEGIO DE MÉDICOS)

SEGUNDO PREMIO
Dra. Gabriela Pía Revol Romano (MISSION) y Dr. Gabriel Emiliano Márquez (ALABRAS NECIAS A OÍDOS SORDOS)

TERCER PREMIO
Dr. Gabriel Emiliano Márquez (DIAGNÓSTICO POR IMPACTO) y Dra. Micaela Vanesa Ferreyra (LUCIÉRNAGAS EN LA NOCHE)

ETHICA DIGITAL presenta en esta Edición los dos primeros premios (1)


1. Por  razones de espacio, en próximas ediciones presentaremos a nuestros lectores los otros cuentos premiados

 

UNA PAPITA FRITA

    “Bienvenida al servicio más valiente del hospital”, le dijo la médica a cargo. Así recibió Mayo su nueva rotación: neonatología, la última casilla para completar la malla.
   No era novata. Llevaba seis meses en el  hospital y ya conocía la rutina: papeleo, rondas, informes, turnos largos. Pero todos le habían hablado de un paciente que cambiaba algo en quienes lo conocían: Papita Frita.
   El primer día le dieron instrucciones, normas y la vistieron con toda la rigurosidad del ambiente estéril. No se ponía así desde los días de pandemia, cuando se colaba a cirugías solo para mirar. La cirugía –decía- era la única especialidad que le merecía respeto.
   Cuna tras cuna conoció a los más pequeños entre tubos, alarmas y respiradores. Y al  final lo vio: Papita Frita, veintiséis semanas de vida al nacer, ocho meses en esa sala, quinientos veintiséis gramos convertidos en esperanza. Majo quiso preguntar el  origen del apodo, pero la contuvo la timidez del primer día.
   Aquel día era importante. La cuna 4 recibía su dosis de indometacina para cerrar el ductus que, por su prematurez, necesitaba ayuda farmacológica. Mayo acompañó a las guardianas de aquel castillo transparente llamado UCI Neo: las enfermeras. Mujeres de pulso firme y mirada dulce, capaces de colocar un catéter central en el cuerpo más frágil y casi transparente.
   Mientras intentaban inserta la aguja, Majo observó la piel del pequeño: fina, bronceada, como si el sol hubiera pasado por allí. En ese instante comprendió la magia del apodo. La enfermera, al notar su expresión, murmuró:
   -Sí… está quemadito por la incubadora, como una papa frita, de ésas que se  quedan olvidadas en el fondo del sartén.
   Entonces todo cobró sentido: el nombre, la ternura, la fuerza que envolvía ese cuerpo diminuto y bronceado.
   El procedimiento se realizó sin novedades. Papita Frita había resistido una vez más. Era el veterano del servicio, un sobreviviente desde  el primer aliento; ¿a qué podría temerle ahora?
   Majo terminó el pase de visita y, al volver, abrió la historia clínica: dos derrames cerebrales, un ductus rebelde, ictericia patológica, displasia broncopulmonar… mil patologías de neonatos distintos, confabuladas en un solo cuerpo que se  negaba a rendirse. Muchos no le habían dado esperanza. Pero un médico –uno solo- había creído en él y apostado por su fragilidad luminosa. Gracias a ese fe obstinada, Papita Frita seguía allí, recibiendo lactancia de su madre, de a poquito, entre cable, alarmas y  suspiros. Ese día terminó, y un R2 se acercó a Majo para preguntar por el valiente de la UCI.
   -Las chicas dicen que, si toda sale bien, el próximo mes podrá ir a casa –contó sonriendo. Cuando la veas, mándale saludos a su madre. Qué aventura pasamos: ella, mama primeriza; yo, residente nuevo.
   Majo escuchó en silencio. Por primera vez comprendió que aquel lugar de luces frías también guardaba historias de amor y  resistencia.
   Y en el centro de todas seguía brillando el mismo nombre: Papita Frita.
   Los días pasaron, y Majo se sentía orgullosa de cada gramo ganado, de cada procedimiento exitoso y de cada niño que se iba de alta,
   Hasta que un día sonó el timbre en la cuna 4. El bebé que tanto se había aferrado a vivir presentaba una bradicardia severa. Las enfermeras, incansables salvavidas en aquel mar impredecible, intentaban sostenerlo mientras bajaba el médico especialista, aquel que había sido su salvador. Su capricho de vida.
   Cuando llegó, el panorama era incierto. Su más grande tesoro, ese pequeño que loa había desafiado todo, pendía de un hilo. Maniobras urgentes, procedimientos imposibles y el soplo de la oración de una madre fueron las únicas armas de volver lo imposible, posible.
   Entonces, alguien gritó:
   -¡Está vivo!
   Majo miró el cristal que daba a la puerta de la UCI. Afuera, residentes, internos y enfermeras que lo habían conocido esperan una respuesta. Orgullosa, como si se adueñara del éxito, salió a decirles.
   -¡Respondió!
   El alivio colectivo fue inmediato. Escuchó a uno decir:
   -No te ibas a ir… yo te mantuve vivo en mi guardia.
   Otro agregó: 
   -Te cuidé y te vi subir de peso.
   Y alguien más comentó:
   -Prometí estar cuando te den el alta.
   Tras una recuperación casi mágica, terminó la rotación de Majo. De despidió del servicio y de su eterno amigo, quien se había convertido en modelo de sus fotografías y símbolo de su persistencia.
   El nuevo servicio la recibió con casos clínicos complejos, pero ninguno tenía una Papita Frita. Por eso, cuando podía, pasaba por Neo, lo miraba de reojo por la ventanita y preguntaba: ¿Cuántos gramos aumentó hoy? ¿Y esa fallita del corazón ya se cerró?
   Pasaron los días y finalmente se convirtió en la noticia del hospital: la Papa más luchadora al fin estaba en condiciones de salir al mundo.
   La noticia se regó como espuma. Todos compartían la misma meta: despedir al testimonio viviente de los neonatos, esos que, a pesar de ser tan pequeños, soportaban tanto con tanta entereza.
   Aunque jamás recordaría el rostro de cada médico y  enfermera que contemplaron su lucha. Papita Frita había marcado sus vidas. Y, sobre todo, la de Majo, a quien le enseñó que la magia de la medicina no radica en los libros ni en toneladas de conocimiento, sino en la simpleza de la lucha… la de una Papa Frita.
   Años después. Majo aún recuerda aquel cuerpo diminuto, esa piel tostada por la incubadora y el temblor de las alarmas. Cada vez que sostiene a un recién nacido, siente en sus manos el eco cálido de aquel milagro. Y comprende, una vez más, que en cada vida que se aferra hay una chispa divina capaz de iluminar incluso los pasillos más fríos del hospital.

PRIVILEGIO DE MÉDICO

    Los consultorios externos de nuestros hospitales no son demasiado cómodos y, por cierto, nada ostentosos… pero ahí estábamos tres colegas detrás de un humilde escritorio, estetoscopios en ristre, esperando a niños muy pequeños, intrépidos sobrevivientes de tormentosos inicios en sus vidas de adelantados a las reglas de gestaciones normales…; habían aparecido en las salas de Cuidados Intensivos con pesos que apenas alcanzaban los 1200/1400 gramos y aún menos. Las incubadoras, algunos equipos, y fundamentalmente la entrega constante, amorosa, idónea de nuestras compañeras enfermeras, habían consumado el milagro del alta cuando la situación clínica, la maduración y un peso razonable lo permitieron…
   Ese consultorio de seguimientos que atendíamos, pretendía acompañarlos en su crecimiento y desarrollo, pues sabíamos que sus familias, abrumadas por nada buenos Determinantes Sociales de Salud, precisaban nuestros apoyos profesionales y humanos. También queríamos evaluar nuestras técnicas
   Aquella mañana aparecieron los dos: eran muy evidentes sus carencias. La mamá con pobrísimos vestidos; el niño apenas se adivinaba envuelto en una serie de pañoletas raídas…; comenzamos la anamnesis y así nos enteramos que nuestro pacientito se alimentaba sólo con leche de su madre, dato  que ella destacó especialmente, con mucho orgullo y convicción, aclarando que “las chicas” (se refería a las enfermeras de sala) le habían enseñado…; el examen clínico nos satisfizo: lo encontramos muy bien, aumentando de peso como esperábamos t con desarrollo acorde al tiempo de vida (aún no había alcanzado las 40 semanas de gestación normal!).
   Comentamos nuestros hallazgos con la mamá que recibió el informe con mucha atención y claras muestras de tranquilidad… Se notaba su alegría y nos contó que su familia y todo el barrio la esperan con noticias…; después de las indicaciones, le sugerimos la próxima cita de control. Enseguida ella comenzó a buscar algo en una de las bolsas de plástico que traía y cuando lo encontró, nos lanzó, sin anestesia, un discurso conmovedor: explicó que era consciente de que “nos  debía la vida” de su hijo, pero que nunca, nunca, insistió, podría pagarnos, aun su dispusiera de mucho dinero… y por eso, SÖLO, nos ofrecía un regalo insignificante… y nos entregó una cajita de cartón muy ordinario con tres tabletitas de chocolate también ordinario, que explicó, vendía en la calle…!
   Agradecimos, confundidos, respondimos con palabras de ocasión que nos sonaron vacías, torpes…, ella acomodó y cargó petates, bolsos y bolsitos y su más preciado tesoro que envolvió amorosamente;  al cruzar el umbral, se volvió a mirarnos con una sonrisa muy cálida pletórica de tiernos mensajes…; quedamos mirándonos turbados y en ese estado nos comimos el más sabroso y rico chocolate que jamás probaríamos… un inesperado e inolvidable manjar obsequiado por una humilde vendedora callejera que se había despojado de un producto de su venta, y nos lo ofrecía como prueba de su agradecimiento…; fue este obsequio, más que otros muchos más valiosos recibidos, el que nos hizo tomar conciencia del privilegio de este bendito oficio.
   Se había hecho tarde… una joven empleada, de esas que todo lo acomodan y limpian, se sorprendió al descubrir nuestros ojos humedecidos… no preguntó nada y nosotros tampoco dijimos nada…; acabó su trabajo y marchó a continuar sus tareas, sin saber que la causa de nuestro estado, era culpa de “la señora de los chocolates…”

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