
CULTURA
CONCURSO LITERARIO 2025
SEGUNDA PARTE
Lo prometido es deuda. En nuestra ETHICA DIGITAL 188 dimos cuenta del Concurso Literario, organizado por la Comisión de Actividades Sociales y Culturales, publicando los textos correspondientes al Primer Premio con que fueron galardonados los doctores María José Rengel, por Una Papa Frita y José Augusto Pronsato, por Privilegio de Médicos.
En esta ocasión publicamos los segundos y terceros premios, que como en el caso del primer premio fueron compartidos: Missión, de la Dra. Gabriela Pía Revol Romano y Palabras Necias a Oídos Sordos, del Dr. Gabriel Emiliano Márquez. El tercer premio, también compartido por decisión del Jurado, fue adjudicado nuevamente al Dr. Márquez, esta vez, con el relato Diagnóstico por Impacto y Marcela Vanesa Ferreyra, por Luciérnagas en la Noche. A todos ellos, nuestras felicitaciones. Las imágenes fueron seleccionadas de Internet, por Ethica Digital.

MISIÓN
Dra. Gabriela Pía Revol Romano
No consigo recordar con precisión como surge en mí la idea de estudiar medicina, pero sí rememoro con claridad la sensación de “revelación absoluta “que me habitó repentinamente y no pude ignorarla más.
Mi vocación tal vez se remontaba a mi adolescencia, cuando cualquier pichón caído de su nido y hallado en mi jardín era cuidado y alimentado hasta que sus alas fortalecidas lograban remontar vuelo dejando vacío el lecho que lo había acogido.
Salvando la tesitura de las mesas examinadoras (traumáticas para mí) disfruté enormemente mi formación académica universitaria, como luego la de especialista, y aún hoy tras treinta y cinco años de ejercicio profesional lo sigo haciendo.
Son y han sido innumerables las vivencias que fueron acompañando mi vida laboral.
La planificación de mis horarios de atención en consultorio, inevitablemente adaptados a la edad escolar de mis hijos, y algunas veces sin lograrlo totalmente, y en consecuencia ellos aguardando (con cara de pocos amigos) en la sala de espera del sanatorio.
El reloj marcando implacable los minutos que iban transcurriendo y atrasando, irremediablemente, el cronograma de turnos que desde el escritorio me observaba apremiante (actualmente lo hace mi notebook pero la presión es la misma).
¿Cuantas mudanzas…? ¿Seis…? Y en cada una el reto de encontrar la mejor disposición del mobiliario, respetando las medidas obligatorias para ello (soy oftalmóloga), también la ambientación estética (no menos importante), pero siempre esa reconfortante sensación de un nuevo inicio.
Cada paciente que ingresaba es un mundo a descubrir, mi mirada invariablemente centrada en sus ojos, tratando de hallar algún indicio que me orientara sobre el motivo de su visita. El desafío de agrupar síntomas y signos que mi cerebro iba clasificando y ordenando como la computadora más eficiente para llegar al diagnóstico presuntivo y al tratamiento adecuado. Algunas veces la panacea estaba simplemente en la escucha: dudas, temores, incertidumbres, algún diagnóstico a confirmar o descartar.
“Dios la bendiga doctora“, mi frase favorita.
Actualmente me pregunto si llegará el día en que decida abandonar el ejercicio profesional, si perderé la satisfacción del servicio prestado, del bienestar devuelto, del desafío personal…
No tengo aún clara la respuesta, pero sí la certeza que entre las paredes de mi consultorio encuentro una de mis mejores versiones.

Palabras necias a oídos sordos
Dr. Gabriel Emiliano Márquez
A María Susana la vi por primera vez una extrañamente agradable mañana de agosto. Entró al consultorio con una cierta parsimonia, a paso seguro pero enlentecido por los años, el peso y la artrosis. Con dificultad se acomodó en el voluminoso sillón dispuesto para los pacientes y se aprestó a comenzar el ritual de la consulta de salud visual. En oftalmología la organización del consultorio suele ser bastante estandarizada. En el que yo me encontraba aquel día respetaba esta universalidad. El habitualmente cómodo sillón del paciente se ubicaba al frente de mi posición, mientras que la mesada donde descansa el instrumental, los recetarios y los frascos goteros se encontraba a mis espaldas. Por encima de esta, sobre la pared, se mantenía inerte e iluminado el cartel de optotipos. Yo, sentado en una banqueta giratoria y de altura regulable, me situaba en una situación intermedia que permitía dominar la totalidad del ambiente.
No puedo recordar el motivo que llevó a María Susana a visitarme. Era una mujer de unos 78 años, altura media y aspecto rollizo. Hablaba con un tono suave, agradable y musical, y cada palabra parecía calculada para decir exactamente lo que quería comunicar. Ni más, ni menos. Sus movimientos eran pesados y seguros, como si en cada uno de ellos, por más insignificante que fuera, pusiera toda su atención y esfuerzo. Esa mañana estaba bastante maquillada. Yo, mientras observaba ese detalle, intentaba calcular el tiempo que le habría demandado arreglarse tan prolijamente. Me dispuse a comenzar la entrevemandado arreglarse tan prolijamente.
Me dispuse a comenzar la entrevista. Como es habitual, tras las preguntas básicas (algunas de las cuales tuve que repetir elevando ligeramente el volumen de mi voz y ralentizando mi pronunciación), inicié el examen físico. Giré sobre mi asiento y tomé de la mesada el oclusor para evaluar la visión de cada ojo por separado. Se lo entregué gentilmente. Lo asió con suavidad y lo colocó sobre su rostro.
Constaté su nivel de agudeza visual sin corrección óptica (es decir, la cantidad de visión que alcanza cada ojo naturalmente, sin ningún tipo de ayuda) comenzando por el derecho y continuando luego por el izquierdo. María Susana no logró una visión satisfactoria. Le solicité entonces que se colocara sus lentes. Gracias a este genial accesorio, alcanzó la mejor agudeza visual posible con cada uno de sus ojos: logró ver la línea de letras más pequeñas, la décima de las diez posibles. Este perfecto desempeño significaba que los cristales interpuestos entre la imagen y los ojos de Susana eran lo suficientemente exactos como para lograr que la luz enfocara perfectamente en la fóvea, esa pequeña superficie de la retina destinada a la visión precisa y detallada.
Al ser la primera consulta que ella realizaba conmigo y no tener antecedentes registrados, ahora me tocaba determinar cuál era el fenómeno refractivo que imposibilitaba a María Susana ver bien sin sus lentes, y luego cuantificarlo. Ella me devolvió con igual gentileza el oclusor y yo giré nuevamente sobre mi asiento para dejarlo sobre la mesada. En este gesto quedé momentáneamente inclinado y de espaldas a Susana. Incómodo y con la absurda idea de ganar unos míseros tres segundos de tiempo de consulta, enuncié velozmente las típicas y repetitivas palabras que el proceso exige: - María Susana, quítese los lentes por favor.
La sorpresa fue grande cuando al volver a mi posición vertical la observo realizando movimientos muy distintos a los que se esperaría para retirarse los anteojos. En una fracción de segundo caí en la cuenta de lo que estaba ocurriendo, por lo que, intentando salvar el momento y evitar mayor vergüenza, grité: - ¡Los lentes, Susana! ¡Que se quite los lentes, NO LOS DIENTES!
En un rapto de juventud, de un solo y veloz movimiento, Susana acomodó con precisión la dentadura postiza que segundos antes había retirado de su boca. Sus mejillas se tornaron rojizas y tras un segundo de un pesado silencio, ambos dejamos escapar una tímida y cómplice sonrisa nombre y mi firma, rezaba: “solicito interconsulta con ORL….y por las dudas con odontología.


Diagnóstico por impacto
Dr. Gabriel Emiliano Márquez
Por aquellos años la arquitectura del Hospital Rawson de Córdoba distaba bastante de la actual. Presentaba una organización simple, sin ninguna maravilla estructural, con todas las dependencias y servicios que una institución como esta debía poseer. Entre ellas se destacaba el servicio de Guardia Central, en donde cada noche desfilaban una infinidad de pacientes y de historias. Estas batallas nocturnas no daban tregua. Los practicantes, rasos estudiantes de medicina, éramos los que mayormente contribuíamos a que las contiendas se volcaran a favor de la ciencia. Ubicados anárquicamente en la primera línea de choque, recibíamos toda la fuerza del impacto. Constituíamos la barrera de contención ante el sofocante tsunami de enfermedades y problemas.
Los residentes, un poco más ordenados y con mejores armas, empujaban desde detrás y ayudaban a sostener la arremetida. Al fondo y con una prestancia envidiable, los jefes organizaban las tropas mientras decidían el menú de la cena. Una de esas muchas noches, ya de madrugada y habiendo superado la peor parte del embate, en la guardia sonó el teléfono. La enfermera del pabellón 6 nos avisaba que uno de los pacientes internados había dejado de respirar y requería que alguien con autoridad de médico constate el deceso.
Para entonces quedábamos tres personas controlando las cenizas de aquel infierno: un residente con insomnio y dos practicantes, Carlitos y yo. Envalentonado por su gigantesca presencia, le dije a mi compañero: - ¿Vamos? Él aceptó diciendo que sí, mientras movía su cabeza gesticulando que no. Pero omo la fuerza de la amistad prevaleció sobre el fastidio, juntamos el electrocardiógrafo y con el infaltable estetoscopio al cuello nos dirigimos a ver este paciente. Ingresamos a la habitación indicada. Auscultamos al pálido hombre y no fuimos capaces de reconocer ningún signo que sugiriera actividad cardíaca o pulmonar.
Le tomamos el pulso…Nada. Colocamos en sus extremidades las pinzas del aparato que nos confirmaría con certeza el diagnóstico…Nada. La aguja caliente marcaba una perfecta línea recta y horizontal en el papel termosensible: electrocardiograma plano. En ese momento recordamos algo. El habitual castigo que recibía diariamente este aparato había hecho mella en su frágil mecanismo. Sabíamos así que no podíamos confiar plenamente en la información que nos brindaba. En voz baja y con cierto sentimiento de culpa, Carlitos me susurró: - Che ¿Cómo confirmamos el diagnóstico si esta porquería no funciona?, mientras le pegaba una fuerte cachetada al desleal aparato. Intentando compensar la inseguridad dominante, desde la parte más alta del pony sobre el que cada estudiante de medicina está subido, respondí: - La clínica es soberana Carlitos…
El hombre había fallecido, era claro. Nosotros no estábamos absolutamente seguros, por inexpertos más que por falta de signos clínicos. Aún con nuestros miedos, convalidamos el diagnóstico de muerte y se lo transmitimos a la familia y a la enfermera de turno. Esta última asintió con un movimiento de su cabeza, hasta que dijo lo que no queríamos escuchar: - Usted - Ustedes lo llevan a la morgue ¿no? Entrecruzando miradas, respiramos hondo y respondimos afirmativamente, desoyendo a esa voz interior que desde las profundidades del deseo gritaba “no”.
Subimos el cuerpo inmóvil del hombre a la destartalada y ruidosa camilla, siempre recurriendo a la maniobra que tan bien nos enseñaron las enfermeras: soltamos completamente los bordes de la sábana aprisionados por el completamente los bordes de la sábana aprisionados por el colchón y entre los dos levantamos desde los extremos libres de la tela, transportando al hombre en desgracia de una superficie a la otra. Y así partimos hacia nuestro ya inevitable destino.
Nos propusimos cumplir la tarea de manera rápida y expeditiva. Con decisión salimos al patio dejando atrás el paisaje iluminado. La camilla hacía más ruido que nunca y en la penumbra de la noche el camino parecía más roto y dificultoso que de costumbre. A duras penas llegamos a la entrada de la morgue. - Che, el candado está abierto ¡y la puerta también!, sentenció Carlitos. - Dale, dale, mejor así no nos demoramos. Abrí así lo metemos y nos tomamos el palo ya, le respondí. El ruido de la puerta fue casi tan impresionante como el frío que salió desde adentro. Entramos con vehemencia. Ya adentro, abrimos la heladera del medio, pero estaba ocupada con una bolsa negra cuyo contenido no quisimos saber. - Abramos la de abajo, Carlitos. Va a ser más fácil bajarlo allí. Aprovechando sus perfectos rodamientos y como si se tratara de un enorme cajón de escritorio, expusimos aquella chapa de metal helado y brillante.
Nos aprestamos a guardar el cuerpo. Carlitos, más grande y fuerte que yo, sostendría la región del torso y la cintura. Yo, el desnutrido de la pareja, cabeza y hombros. Las piernas irían solas acompañando al resto del cuerpo por arrastre. Era un trecho de aproximadamente un metro desde la camilla hasta la plancha metálica, que reposaba estática e indiferente a escasos centímetros del suelo. Acordamos que a la cuenta de tres ambos nos moveríamos sincronizadamente para lograr el traspaso del cuerpo siempre recurriendo a la táctica de las sábanas.
Tras coordinar tácitamente con la mirada, al unísono comenzamos a contar en voz baja coordinar tácitamente con la mirada, al unísono comenzamos a contar en voz baja. - “Uno, dos… ¡tres!” En el preciso instante en el que terminamos de pronunciar el “tres” e iniciamos el repentino movimiento, la fuerza ejercida hizo que la sábana se rompiera por el extremo que yo sostenía abriéndose súbita y completamente, haciendo que la cabeza del enorme hombre cayera pesadamente sobre la chapa de metal, rebotando contra esta tres veces, unas tras otra, rompiendo el silencio reinante con tres estruendosos golpes.
No respiramos. Lo acomodamos como pudimos, cerramos la heladera y luego la puerta de la morgue. Escapamos sin ver hacia atrás. El candado quedó abierto. Mientras nos retirábamos y antes de que nuestros corazones volvieran a latir, un último comentario se escapó con espontaneidad de mi boca: - Bueno, al menos ahora no tenemos más dudas del diagnóstico, Carlitos

LUCIÉRNAGA EN LA NOCHE
Dra. Marcela Vanesa Ferreyra
El reloj marcaba las tres de la madrugada, aunque la hora y el tiempo en esos lugares no existía o se hacía inexistente para quienes lo transitaban y podía ser tan valioso como algunos segundos para salvar una vida o tan eternos como para desear que saliera de nuevo el sol, poder ver el amanecer y al fin cruzar la puerta y continuar al otro día como si nada o como si todo.
De pronto, trin trin trin trin, sonaba el teléfono, pero no era el sonido típico del interno, ese que todos querían escuchar, sino con un timbre distinto, con sabor a amargo, ese de que algo estaba por llegar y no era justamente el delivery con empanaditas de cebolla y un rico helado de chocolate con pistachos, sino del que había que prepararse para no saber cómo y cuándo iba a terminar.
Esa noche el pasillo se vestía de camillas con rueditas a ruido a oxidado, de ambos y chaquetas de distintos colores como un jardín primaveral, de gente circulando de un lado para el otro como una tarde de sol en el parque, algunos con medicación en sus manos, otros con vendas, otros con sueros y no se con cuantas cosas más. Ruidos de alarmas sonando sin cesar, del tun tun de la puerta cada dos segundos de los que golpeaban y esperaban del otro lado sin paciencia o con toda la del mundo, de los que pensaban que los de adentro estaban tomando un café tostado, torrado, instantáneo, batido, en saquito o a máquina…puf no creo…¡Da igual!
Sin saber lo que ocurría detrás de esas puertas, hasta que cruzaban las mismas. Iluminado pasillo, perfumado con alcohol o a algún otro perfume no importado pero de esos que no se usaba para una noche de gala, y de aroma a café recalentado una y otra vez…
Las alarmas de esos coches con camas atrás que no eran bocinas, ni tampoco limusinas, sino coches con sirenas que estacionaban sobre una puerta, esas en vaivén que se abren con fuerza y ruido fuerte, de esos ruidos que asustan y que ponen corazones en alerta y cerebros en acción, autos que no estacionaban entre líneas blancas en un shopping, en una casa, ni en un restaurante u hotel con playa que quisieran estar, sino en un estacionamiento donde no había tiempo para saber si estaban en cordón amarillo o con cartel de prohibido estacionar. Son de esos autos con sirenas que tenían el nombre de ambulancia del que tenían que bajar corriendo para entrar a ese lugar con mucho ruido o mucho silencio con la esperanza de poder volver a salir de allí.
Así era la guardia de la luciérnaga en la noche, que no sabía que era de noche por ver el reloj o la oscuridad con el cielo cubierto de estrellas, sino porque su cabeza ya empezaba a sentir el sueño profundo, sus ojos se cerraban aunque intentara tenerlos abiertos, los mismos estaban nublados, sus parpados caídos, su cabeza explotada, sus pies hinchados, sus manos frías y sudorosas sin dudas con agotamiento físico y mental. Su cabello color chocolate mezclado con destellos blancos y algo despeinado como cuando el viento del mar la hubiese agarrado, con una gomita aniñada apenas sosteniendo un triste y despeinado rodete, su cara pálida con ojeras que se juntaban con sus mejillas, sus tripas que sonaban como una orquesta sinfónica recordándole que no comía desde la tarde y su vejiga haciendo presión como un volcán en erupción recordándole que no iba al baño desde la mañana, todo eso. ¡Sí! ¡Todo eso! a pesar de su corta edad.
Trin trin sonaba el teléfono, del otro lado, le comunicaban que llegaba un niño ahogado que lo traían sus padres en auto, escoltado por la policía como tal película de acción. Uff!!! Se apoyó sobre una mesada fría, empezó a sentir como latía su corazón pausado y fuerte, sintiendo cada latido desde el pecho hasta la garganta, como si latiera ahí, sí, justo ahí y sintiendo una sola, entre mil sensaciones, que estaba “quemada”, cerró sus ojos un instante, ¿un instante? y pensó como todo se repetía como un eco, como en automático, pensó en los días que soñaba con salvar vidas y ahora soñaba como salvar la suya y que lo único que deseaba es que amaneciera.
De pronto todo se nublo, se apagó, se apagó la luz de la luciérnaga de la noche, su cerebro se nublò y las alarmas quedaron resonando a lo lejos, como las sirenas de las ambulancias cuando ya alejan del lugar. Pero de pronto, ¡Pum! Se abrieron las puertas y entró el niño que esperaban. Ahí apareció Delfina, ¿Delfina? Una médica joven vestida de salvación, como si hubiese caído del cielo, nadie la conocía, pero al mirarla sin dudas su cara, su voz, su mirada era familiar, sus ojos la delataban y actuó de manera rápida, eficiente e impecable. Estaba resplandeciente, su mente activada, perfumada con flores cítricas y algo amaderadas, con unos aretes dorados como el sol, un ambo verde limón y unos zapatos encharolados que le quedaban pintados, actuó con conocimiento y logro salvar esa vida. Habló con los padres, los contuvo y acarició suavemente el cabello del niño. Fue así como esa agotada luciérnaga de la noche fue acompañada cada minuto de su guardia por esa “desconocida Delfina”…
De pronto sintió algo movilizarse dentro suyo, la luz se encendió, miró hacia un costado y vio a la madre abrazando al niño, ambos apoyados sobre una camilla fría, dura , frágil y algo despintada, se quedó mirándolos por un momento y se tomó un café lentamente, pero ya no recalentado. El amanecer llegó, la guardia terminó y la mamá con un giño amable le agradeció. Por primera vez en semanas se sintió viva, se sintió médica, se sintió sana y recordó que curar era también curarse, detenerse un instante y reconocerse viva en medio del ruido Y colorín colorado esta guardia ha terminado.

